En una de las imágenes se aprecia el devastador incendio de la Reserva Biológica Cordillera de Sama ocurrido en agosto de 2017. El fuego se inició en la zona de Erquiz Ceibal y, entre el 9 y el 13 de agosto, avanzó con rapidez debido a los fuertes vientos y las condiciones de extrema sequedad. El incendio afectó entre 12 y 16 comunidades, consumió aproximadamente 13.100 hectáreas —de las cuales cerca de 10.900 hectáreas correspondían al interior de la Reserva, es decir, alrededor del 10 % de toda su superficie protegida— y dejó profundas consecuencias ecológicas, sociales y económicas para Tarija. También cobró vidas humanas, destruyó pastizales, afectó fuentes de agua, fauna silvestre, ganado y medios de subsistencia de cientos de familias.
En la otra imagen se observa un incendio ocurrido nueve años después, que vuelve a tener un origen inquietantemente similar: Erquiz Ceibal. Hasta la fecha ya se reportan alrededor de 3.000 hectáreas afectadas, y la preocupación crece porque la historia parece repetirse en el mismo punto de inicio.
La coincidencia no debería pasar desapercibida. Más allá de las condiciones climáticas, resulta imprescindible investigar con rigor las causas que hacen que estos incendios vuelvan a originarse en el mismo sector. La prevención no puede limitarse a apagar el fuego cuando ya se ha desatado; debe comenzar con la identificación de sus causas, el monitoreo permanente de las zonas críticas y la aplicación efectiva de medidas de control y sanción cuando corresponda.
Un pueblo que olvida sus tragedias ambientales está condenado a revivirlas. La memoria también es una herramienta de conservación.
Cecilia Mendez
MADALBO

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