La
fusión del marxismo y la filosofía antigua en la gestión del
gobierno actual de China.
Sergio
Rodríguez Gelfenstein
La
revolución china triunfante en 1949 introdujo nuevas variables para
la construcción de un pensamiento propio. Su filosofía, que surgió
a partir de los siglos VI y V a.C. tuvo en Confucio y Laozi sus
principales aunque no únicos exponentes. Desde ese momento, la larga
historia china está preñada de novedosas investigaciones y
opiniones en búsqueda de la sabiduría, el valor de la vida en
sociedad, la importancia de las relaciones humanas y los valores
morales para sostenerla. De ello y de muchos otros elementos se
compone el pensamiento filosófico antiguo de China.
El
siglo XX supuso la introducción de la filosofía occidental, en
particular de las ideas de Marx, Engels y Lenin, que interpretadas
por Mao Zedong de acuerdo a la idiosincrasia propia, originó un
particular paradigma que dio soporte al inicio de la construcción
del socialismo en China. Casi a finales del siglo pasado, el máximo
dirigente nacional Deng Xiaoping fusionó el pensamiento tradicional
chino con las ideas marxistas leninistas y los aportes de Mao,
introduciendo además algunas doctrinas arraigadas en Occidente para
crear un novedoso cuerpo de conceptos que –sin tener parangón con
otra creencia o teoría– soportan el ideario actual de China, sobre
el cual está edificado el potencial de la sociedad de cara al
futuro.
El
marxismo-leninismo, el ideario del presidente Mao, la religión
budista y hasta siete escuelas filosóficas propias se han imbricado
para construir un pensamiento peculiar y autóctono. Una de esas
escuelas, con gran influencia en la actualidad es la de los
legalistas. Los antecedentes del pensamiento legalista en la antigua
China vienen dados por los estudios del maestro Guan Zhong durante el
siglo VII (a.C.) quien formuló soluciones prácticas para la
realización de un buen gobierno, temática que se convirtió en eje
de las propuestas de subsecuentes seguidores de esta escuela.
Algunos
exponentes posteriores del legalismo fueron Shen Buhai, considerado
el primero en trabajar la idea de ley (fa); Shang Yang, quien centró
sus trabajos en las técnicas para un buen gobierno (shu), y Shen
Dao, cuyo mayor esfuerzo estuvo encaminado a la búsqueda de
tendencias para el uso de la fuerza como fundamento del sostenimiento
del poder, todos ellos en el siglo IV (a.C.). Pero sin duda el mayor
exponente del legalismo fue Han Fei quien se planteó sintetizar y
reunir todas las ideas esbozadas por los seguidores de esta escuela,
según la cual la ley escrita es lo más importante a fin de que el
Estado y el Príncipe adquieran y conserven poder y riqueza.
En
el libro del Maestro Han Fei, obra cimera de esta escuela, se exponen
las ideas políticas de los legalistas a partir de un profundo
conocimiento de su época, desprendiéndose de hechos anteriores pues
consideraban que el incesante cambio de las circunstancias políticas
y sociales obliga a análisis puntuales en tiempo y espacio y a
métodos innovadores por parte de los gobernantes. A este respecto,
Shan Yang escribió que: “Cuando los principios que guían a la
gente se vuelven inadecuados frente a las nuevas circunstancias, sus
estándares valorativos deben cambiar. Cuando cambian las condiciones
reales del mundo, también han de ponerse en práctica principios
distintos”.
Los
legalistas propugnaban un control estatal tan rígido que a pesar de
ser defensores acérrimos de la propiedad privada, sus puntos de
vista dejaban a ésta limitada de manera superlativa en sus derechos.
La concepción legalista de establecer un cuerpo de leyes explícitas
y promulgadas de manera pública a fin de ser conocidas por toda la
sociedad, chocaba con la práctica del gobierno basado en ritos y
tradiciones. En ese sentido, de forma contradictoria, apuntaban
directamente a la organización y dirección del Estado y al éxito
político y militar más que a los asuntos jurídicos propiamente
dichos.
Shang
Yang se dedicó de forma especial a estos asuntos cuando desempeñó
un importante papel como asesor del monarca a comienzos del siglo V
(a.C), elaboró reformas encaminadas a garantizar la supremacía del
Estado y a abolir los privilegios de la aristocracia. Así mismo,
escribió un código único de cumplimiento para toda la sociedad sin
distinciones de clase, organizando el gobierno sobre la base de una
cuantiosa burocracia que dependía directamente del monarca.
Por
su parte, a través de su notable obra, Han Fei desarrolló como
nunca antes algunas categorías orientadas al mejor control de la
sociedad y al alcance de la armonía social. Entre ellas, la más
importante es la “ley” introducida con anterioridad por Shang
Yang establecida como normas y órdenes escritas que usa el
gobernante para vigilar e intervenir en la sociedad, manteniendo el
poder sobre sí mismo a partir de la efectividad que se hace patente
a través de dos instrumentos de poder (erbing): la aplicación de
castigos y la concesión de premios.
Muchos
de sus aportes, junto a los de Confucio, amalgaman la doctrina que
dio las características del imperio chino durante dos mil años. La
influencia de las propuestas de los legalistas se manifestó en la
unidad ideológica del pueblo y el gobierno, la unificación política
y militar del territorio, la importancia del bienestar económico del
pueblo como sustento del gobernante, la importancia de la eficiencia
y realismo en el cumplimiento de los objetivos políticos del
gobierno, todas ellas tareas presentes en la gestión del gobierno
actual.
En
este marco, vale destacar la reciente afirmación del presidente Xi
Jinping de que “El
camino del Estado de derecho socialista con características chinas
debe mantenerse con un compromiso inquebrantable”.
Xi
resaltó la idea de
reforzar
la construcción de un sistema jurídico vinculado al extranjero para
promover una “apertura de alto nivel”, así como estar atentos
para “contrarrestar los riesgos y desafíos externos”.
Así
mismo, llamó la atención sobre la importancia y urgencia del tema,
afirmando que el principal objetivo de desarrollar la gobernanza
jurídica en los asuntos exteriores es salvaguardar los intereses del
país y del pueblo a través de métodos legales, promover el
progreso del Estado de derecho internacional y fomentar la formación
de una comunidad de destino unido para la humanidad.
Estas
ideas cobran extraordinaria vigencia cuando China por una parte ha
iniciado una trascendental transformación de su política exterior
encaminada a jugar un papel más relevante en los asuntos
internacionales. Y por la otra, toma conciencia que en su ejecutoria
tendrá indeclinablemente que enfrentarse a la retórica occidental
que propone construir un “sistema internacional basado en reglas”,
las que por supuesto son elaboradas y aceptadas por ellos mismos.
Xi
convocó a los ciudadanos y empresas chinas a guiarse por las leyes y
reglamentos locales cuando estén en el extranjero y aplicarlas para
proteger sus derechos e intereses. Asimismo, expuso que se deben
realizar esfuerzos por mejorar las medidas y normativas pertinentes
de manera tal que faciliten la vida de los extranjeros que viven en
China.
Además,
sostuvo que su país debería participar activamente en la
elaboración de normas internacionales, así como promover el Estado
de derecho en las relaciones internacionales para crear un sistema
“abierto y transparente”. También mencionó la necesidad de
elevar oportunamente a rango de ley, las medidas efectivas y la
experiencia madura de apertura al exterior de alto nivel, como el
desarrollo de zonas piloto de libre comercio.
Finalmente,
hizo un llamado para que China se esfuerce en el reforzamiento de la
confianza en el Estado de derecho a fin de aplicar activamente en
política exterior sus conceptos, propuestas y prácticas de éxito
únicos. Así mismo, manifestó que era necesario promover la
transformación creativa y el desarrollo de la cultura jurídica
tradicional china.
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