🇺🇸💀🏴☠️ *DOSSIER 200 AÑOS DE LA DOCTRINA MONROE*
*Democracy Now.EE.UU.*
*La Doctrina Monroe, Revisada: Cómo 200 Años de Política Estadounidense Ayudaron a Desestabilizar las Américas | ¡Democracia Ya!*
*Ascenso y caída de la doctrina Monroe. Claudio Katz -*
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*La doctrina Monroe ha organizado la primacía de los Estados Unidos en todo el continente durante 200 años. Resume la estrategia que tramaron los fundadores de la mayor potencia contemporánea para controlar la región. Este principio exige la gestión del territorio por parte del Norte y el despliegue de cualquier competidor del principal yanqui. Todos los encargados de Casa Blanca aplicaron y perfeccionaron esta guía.*
La doctrina fue inicialmente concebida como un instrumento defensivo del poder naciente, para resistir las ambiciones del colonialismo europeo. Surgió cuando Monroe rechazó la propuesta de una acción conjunta de Estados Unidos con Inglaterra y Francia, para bloquear los intentos de reconquista española (1823).
Esta negativa ya incluía un principio de supremacía de la naciente nación sobre el resto del continente, que se codificaba con la curiosa denominación de "América para los americanos". Esta frase no implica la soberanía de la población autóctona sobre su territorio, sino la sustitución del dominio europeo por la gestión estadounidense.
La siembra realizada por los siglos fue expuesta como un proyecto de país en ciernes, guió la conversión de esa nación en la potencia dominante de la región. Monroe postuló la legitimidad de ese derecho por el papel inaugural de Estados Unidos en la independencia del continente. Consideré que esta anticipación le dio a su país la responsabilidad de comandar todo el desarrollo zonal (Rinke, 2015: 48-51).
Durante la primera mitad del siglo XIX, Inglaterra, Francia y España cuestionaron esa afirmación. Intentaron detener la expansión del territorio estadounidense o forzar su partición, pero perdieron una batalla que se dio en todos los rincones de América Latina.
*EL DEBUT IMPERIAL*
La doctrina Monroe inspiró su propia definición de las fronteras estadounidenses, a través de la absorción de territorios que pertenecían al ámbito hispanoamericano. Esta expropiación significó, desde su origen, el gran impulso del nuevo país para extenderse hacia el sur y considerar a todo el continente como un área de pertenencia propia.
El primer impulsor de esta expansión fue la captura de tierras por parte de los plantadores de esclavos. Necesitaban extender sus campos de manera permanente, para agregar una modalidad de cultivo intrínsecamente extensiva. Como esta forma de explotación precapitalista reemplazó las mejoras en la productividad agraria por la mera multiplicación de las zonas sembradas, la absorción de nuevas tierras se hizo indispensable para la supervivencia de los Confederados del Sur.
Este expansionismo precipitó el despojo de México, que acabó perdiendo la mitad de su configuración original. Esta amputación comenzó con la revolución separatista y la anexión de Texas (1845) y terminó en una guerra que se libró con dinero. La potencia emergente del Norte se apropió por muy pocos dólares de las enormes porciones del Suroeste, que formaron el perfil definitivo de los Estados Unidos.
Esa captura determinó los contornos limítrofes, pero no diluyó las ambiciones del nuevo coloso sobre su debilitado vecino. Las tropas yanquis ingresaron a México en innumerables ocasiones durante la segunda mitad del siglo XIX, para neutralizar las expediciones de los rivales europeos. Con estas incursiones frustraron la pretensión de reconquista española y una aventura de conquista francesa.
Los marinos irrumpieron también en las primeras décadas del siglo pasado, para hacer frente a los efectos de la Revolución Mexicana (1910). No gravitaba tanto en estas intervenciones la pretensión expansionista como la intención de sofocar la acción de los rebeldes en la frontera del nuevo imperio. Anticiparon esta acción las tropas yanquis, el plantel de gendarmería internacional que desplegó el Pentágono durante todo el siglo XX.
Un proceso similar se desarrolló al mismo tiempo en el Mar Caribe. Con la toma de Puerto Rico (1898) y las sucesivas ocupaciones de Cuba (1906-1909), Haití (1915-1934) y República Dominicana (1916-1924), el gigante del Norte tanteó el sueño imperial de un Mediterráneo americano. Este objetivo sólo se cumplió a medias, mediando la absorción de algunas islas y el dominio efectivo de una enorme configuración marítima.
Washington ocupó las aduanas de varios países para garantizar el cobro de pasivos dudosos, se apropió de las plantaciones de azúcar e impuso su gestión de los puertos. También garantizó una presencia militar permanente y se asoció con diferentes élites, para fomentar los enfrentamientos locales y sofocar los levantamientos populares en las islas invadidas.
En estas intervenciones se constató el carácter puntual y fulminante del proyecto expansivo americano. El nuevo imperio mezcló las antiguas formas de dominación colonial, con los ninedosos mecanismos de sujeción semicolonial. La doctrina Monroe sintetizó ambas dimensiones.
Otra variedad del mismo expansionismo se implementó en Centroamérica, luego del intento de apropiación consumado por el filibustero Walker (1855-56). La incursión en Nicaragua de este aventurero tejano que se autoproclamó presidente fracasó, pero allanó el camino para la posterior sucesión de ocupaciones que los marinos perpetraron hasta 1925.
Esta combinación de emprendimientos militares privados, con intervenciones formales del ejército, perfiló otra modalidad, que reapareció en numerosas ocasiones posteriores. Basta recordar el trabajo autónomo de los mercenarios contratados por el Pentágono en Afganistán o Irak, para constatar la continuidad de esa mezcla de uniformados con pistoleros, en las incursiones de Estados Unidos.
Al igual que en México y el Caribe, la presencia activa de la infantería de marina en las primeras décadas del siglo XX reforzó el despliegue de rivales que resistieron la primacía estadounidense. Los británicos no pudieron asegurar sus frágiles bases en Honduras y comenzaron a resolver la disputa con varias potencias europeas sobre la construcción del Canal de Panamá. En esta batalla por el control del tráfico interoceánico, la fuerza del nuevo imperialismo se hizo transparente a sus pares del Viejo Continente. El principio de Monroe se quedó con ese resultado.
Estados Unidos también hizo efectiva su amenaza militar en América del Sur contra los competidores europeos. Ha desplegado este poder en diversos conflictos por el usufructo de los recursos naturales de Chile, Perú, Bolivia y Paraguay. Este protagonismo yanqui fue especialmente relevante ante el bloqueo de las costas de Venezuela por parte de Inglaterra, Alemania e Italia, para exigir el cobro de una deuda (1902).
En ese caso, Estados Unidos impuso su arbitraje advirtiendo que no toleraría la incursión de barcos europeos. Esta contundente intervención demostró quién tenía la última palabra en el Nuevo Mundo (Cockcroft, 2002: 21-75)
Theodore Roosevelt hizo explícito este predominio con su política de cañones e introdujo la conversión de los embajadores yanquis, en funcionarios dominantes de la política local latinoamericana. Esta primacía ratificó en todo ámbito nacional la preeminencia del principio de Monroe.
*DESCOMPOSICIÓN ECONÓMICA EN LA REGIÓN*
La consolidación económica de Estados Unidos como imperialismo naciente se consumó en las primeras décadas del siglo pasado en el espacio latinoamericano. En este territorio se expandieron inicialmente sus empresas, que gozaron de todos los beneficios de la inversión extranjera.
La nueva potencia compitió con éxito con los rivales europeos por el control de los mares y el fondo de los recursos naturales. América Latina fue el gran mercado de puesta en marcha de una economía que se expandía a un ritmo vertiginoso. Entre 1870 y 1900 la población de Estados Unidos se duplicó, el PIB se triplicó y la producción industrial se multiplicó por siete (Rinke, 2015: 82-86).
En el lado sur del Río Grande se fraguaron las rutas marítimas requeridas para descargar los excedentes y capturar las preciadas materias primas. El 44% de todas las inversiones yanquis se ubicaron en esta zona, con gran centralidad en el transporte (rutas, canales, ferrocarriles) y las actividades más rentables de la época (minería, azúcar, caucho, banano).
El modelo de los enclaves exportadores tiene preeminencia junto a un proceso de recolonización. Estados Unidos combinó la ocupación de territorios (Puerto Rico, Nicaragua, Haití, Panamá) con la apropiación de aduanas (Santo Domingo), el manejo del petróleo (México), el dominio de las minas (Perú, Bolivia, Chile), el control de los frigoríficos (Argentina) y la gestión de finanzas (Brasil).
El nuevo poder tomó la delantera en muy poco tiempo, transformando los llamados iniciales de Monroe en realidades palpables. La soberanía de los países latinoamericanos se vio abruptamente reducida por esta devastación económica extranjera (Katz, 2008: 10). La temprana emancipación política -que América Latina había logrado al mismo tiempo que Estados Unidos- se revirtió drásticamente. América Central fue balcanizada, alienada e invadida a voluntad por el hermano mayor, mientras que América del Sur inició una asociación subordinada con el gigante del Norte (Vitale, 1992: ch 4, 6).
El proyecto Panamericano sintetizó la ambición yanqui de dominación sin restricciones. La idea inicial de una gran Unión Aduanera bajo el mando de Washington (1881) fue propiciada entre tres conferencias sucesivas. Incluyó la construcción de un ferrocarril transcontinental y diferentes contratos para asegurar la primacía estadounidense, a través de un tribunal de arbitraje controlado por el Norte.
Este plan fracasó por la resistencia convergente que interpusieron los tres objetores de la iniciativa. Los cuestionamientos del sector más proteccionista del capitalismo yanqui, fueron aplastados por los saneamientos de las economías más autónomas (como Argentina) y las presiones por el repliegue de Inglaterra en la región.
Este fracaso temprano del panamericanismo ilustró el gran peso del sector industrial estadounidense hostil al comercio sin restricciones, en un escenario altamente favorable para los exportadores estadounidenses. Cien años después, la misma oposición ha bloqueado varios intentos norteamericanos de competir con China en la arena del libre comercio. Lo que, a principios del siglo XX, pasó desapercibido como un episodio menor del ascenso estadounidense, constituye en la actualidad una manifestación de la crisis que enfrenta la primera potencia.
*DEPLAZAMIENTO DE ESPAÑA E INGLATERRA*
El perfil explícitamente ofensivo de la doctrina Monroe comenzó a tomar forma en la guerra contra España (1898-99). Este conflicto condujo a operaciones agresivas de Estados Unidos en toda la región. Avanzando en un argumento que repitió en innumerables episodios posteriores, el Departamento de Estado forjó una agresión externa para hacerse con el control de las antiguas colonias hispanas en el Caribe y logró transformar todas las islas que se entrelazaban en protectorados yanquis.
El paso ulterior fue la liberación de los rivales británicos de Centroamérica, mediante una combinación de intervenciones militares, capturas geopolíticas y negocios ventajosos. La apropiación de Panamá ilustró quién fue el ganador de la disputa.
En lugar de frustrar los intentos ingleses (y franco-alemanes) de construir el canal a través de Nicaragua, Estados Unidos compró la concesión para construir el pasaje interoceánico (1903). Para llevar a cabo esta labor, Panamá se convirtió en colonia bajo su estricto dominio. De esta forma, conectaba las dos costas de su territorio y aseguraba el comercio del Pacífico, que se abrió anteriormente con la adquisición de Filipinas.
La doctrina Monroe se utilizó con la misma intensidad, para motorizar el desplazamiento menos vertiginoso del competidor inglés de sus bastiones sudamericanos. Estados Unidos señaló a su aliado peruano en las disputas con los gobiernos anglófilos chilenos y afirmó su autoridad arbitral en los conflictos entre Venezuela y Gran Bretaña por Guayana.
Inglaterra perdió la preeminencia que había mantenido desde principios del siglo pasado, a través de mayores inversiones que el retador estadounidense. Este equilibrio se invirtió con la gran expansión manufacturera de los Estados Unidos, que primero (1880) y después (1894) duplicó la producción industrial británica (Soler, 1980: 199-216). Sobre esta base económica se basó el predominio yanqui en América Central antes de la Primera Guerra Mundial y en América del Sur después de esa conflagración.
La victoria estadounidense sobre Inglaterra se consumó por completo al final de la Segunda Guerra Mundial. El dominador del Norte salió vencedor por la inconmensurable ventaja que le trajo su propia retaguardia territorial. No surgió como competidor en el Viejo Mundo de un lugar pequeño (Holanda, Portugal) o mediano (Gran Bretaña), sino apoyado por el gigantesco asentamiento que pobló torrentes de inmigrantes.
Este territorio maleable y diversificado alimentó un modelo económico egocéntrico (nutrido por el mercado interno), muy superior al esquema extrovertido (dependiendo del mercado mundial) de sus rivales. Con esta base se construyó el nuevo potencial con un margen de tiempo suficiente para expandir primero su frontera agrícola, luego desarrollar una industria protegida y finalmente forjar el poderoso banco que le facilitó la conquista del mundo (Arrighi, 1999: capítulo 3).
Mientras Gran Bretaña tuvo que salir rápidamente al extranjero (para colocar sus restos industriales elaborados con materias primas importadas), Estados Unidos se perfiló como el principal exportador de ambos recursos. En lugar de expulsar una mano de obra excedente, absorbió masas de colonos ajenos a rémoras no comerciales y atraídos por una alta movilidad social.
Estados Unidos también logró una superioridad militar, que Gran Bretaña no logró ni durante su esplendor victoriano. Obtuve un control del espacio más significativo que el manejo inglés de los mares y con esa ventaja hice valer la doctrina Monroe, en todo el continente americano.
*CONSOLIDACIÓN POLÍTICA MILITAR*
La Primera Guerra Mundial fue un punto de inflexión para la primacía estadounidense en América Latina, no solo por el avance económico sobre el rival británico. Washington conquistó su dominio con instrumentos geopolíticos, comprometiendo el tamaño del hemisferio en términos de entrada a la contienda militar.
Esta adhesión la impuse a ocho gobiernos que declararon la guerra ya otros cinco que rompieron relaciones diplomáticas con el adversario. Los pocos países que mantuvieron su neutralidad, exhibieron una autonomía que Estados Unidos se ha esforzado por cortar por diferentes caminos. Las conflagraciones del mundo irrumpieron como un nuevo terreno para erradicar las disputas y consumar la subordinación a la supremacía del Norte.
En los años de entreguerras, la Casa Blanca comenzó a practicar la política de Estado hacia América Latina, que comparten republicanos y demócratas. Perfeccionó el uso del garrote y la zanahoria y mezcló las amenazas con la cooptación. La virulencia agresiva de Theodore Roosevelt se articuló con los mensajes de buena vecindad de Franklin Delano Roosevelt. Este juego de agresividad y consideración siempre ha seguido un libreto definido por el establishment de Washington, para garantizar su control del hemisferio.
El primado yanqui alcanzó mayor fuerza en la segunda mitad del siglo XX. Su dominio pasó a ser indiscutible, tanto por la expansión económica de Europa como por la conversión de América Latina en zona de enfrentamiento con la Unión Soviética. Estados Unidos afirmó su dominio del sistema imperial para reafirmar la pertenencia de toda la región a sus dictadores.
Washington estableció claramente esta dominación sobre los opresores locales, como un regalo de pago por su protección contra el peligro del socialismo. América Latina se delineó como un Patio Trasero de la gendarmería, que luchó contra la insurgencia popular en todos los rincones del planeta. El Pentágono aseguró esta cruzada mundial imponiendo una opresión política ilimitada en el continente.
Esta dominación asumió formas de control militar directo a partir de la imposición del pacto de guerra TIAR (1947) y la creación de la OEA (1948), para alinear a toda la región en una campaña fanática contra el comunismo. Latinoamérica se convirtió en una gran retaguardia de la guerra fría, con descaradas intervenciones del Departamento de Estado para contener el peligro rojo. Esta escalada de agresión desestabilizó estructuralmente a toda la región.
Para garantizar la preeminencia de gobiernos serviles, Estados Unidos recurrió al auxilio de feroces dictaduras. Sólo entre 1962 y 1968 hubo 14 golpes de Estado, con la presencia enmascarada de la CIA en algunos casos (Guatemala 1954) o con incursiones de la Marina en otros (República Dominicana 1965). La guerra fría fue una era de tiranías sangrientas intercaladas con pausas por una fachada constitucional (Guerra, 2006: 195-196). La cruzada anticomunista fue la tapadera que utilizó el imperialismo estadounidense para consolidar su reinado absoluto en la región (Godio, 1985: 130-138).
El uso del garrote (Truman, Eisenhower) se combinó de nuevo con mensajes de cooperación (Roosevelt, Kennedy), anticipándose a la posterior mezcla de arrogancia (Reagan, Bush, Trump) con contemplación (Carter, Clinton, Obama). La dominación imperial estadounidense de América Latina se naturalizó en ese período, como un hecho actual del escenario regional.
*UNA DOCTRINA PERDURABLE, PERO INEFICAZ*
El inicio de Monroe fue durante la segunda mitad del siglo XX la bruja del Departamento de Estado para América Latina. Ningún rival europeo ha desafiado a Washington y en todos los conflictos ha priorizado la subordinación a la Casa Blanca. En la guerra de Malvinas, por ejemplo, Thatcher actuó en consulta permanente con su homólogo estadounidense. Esta misma orientación prevaleció en todas las administraciones.
En el contexto de la mayor adversidad del nuevo milenio, Obama hizo una novia de júbilo a la doctrina Monroe (2009). Anunció el inicio de una nueva "relación entre iguales" con los países de la región. Su vicepresidente incluso declaró explícitamente el fin del principio vigente desde 1823 (Morgenfeld, 2018).
Pero ese punto de inflexión fue sepultado en la década siguiente por Trump, quien revitalizó la doctrina para enfrentar a Rusia y China (2018). Esta norma fue recreada con la misma intensidad que todo el léxico de la guerra fría.
En realidad, el magnate se limitó a enunciar la continuidad de un principio que nunca abandonó (García Iturbe, 2018). La sumisión de América Latina a los dictadores de Washington no ha sido reconsiderada seriamente por ningún administrador de la Casa Blanca.
El hostigamiento sistemático sufrido por Venezuela ha sido la evidencia más reciente de esta continuidad. Todos los representantes norteamericanos han conspirado para aplastar a los gobiernos bolivarianos. Se constató que la doctrina Monroe bloquea la presencia de cualquier otra potencia en la región, porque antes asfixia cualquier desván de la soberanía latinoamericana.
Biden también ratificó la actualidad de la doctrina sobre la Cumbre de las Américas. Dispuse la exclusión de Cuba, Nicaragua y Venezuela del encuentro, haciendo valer este principio de supremacía imperial (Redacción, 2022). Esa discriminación ilustró hasta qué punto la norma Monroe continúa guiando la política de Washington.
Pero esta Cumbre también demostró que el Departamento de Estado ya no puede manejar a América Latina como un títere. En la reunión, Biden no implementó ninguna de sus iniciativas. Quedé aislado, desacreditado y debilitado, porque la doctrina Monroe ya no permite someter a los países de la región con la naturalidad del pasado. Este principio también es efectivo para detener al nuevo retador asiático.
*IMPOTENCIA FRENTE AL NUEVO RIVAL*
La vertiente trumpista revive la bandera de Monroe contra la presencia económica de China en América Latina. Sus exponentes (Matt Gaetz) exigen la urgente actualización de este principio para expulsar a Biejing, en línea con anteriores declaraciones de otros funcionarios (Tillerson). Impulsan una geoestrategia neomonroísta para el siglo XXI, con el objetivo de expulsar al gigante asiático del Patio Trasero (Paz, 2023).
Esta agresividad se complementa en los casos más extremos con un lenguaje extraído del universo gansteril (Boron, 2023). Pero nadie ha sido capaz de transformar estas brutales convocatorias en acciones efectivas. Los funcionarios de Biden repitieron con más elegancia las mismas llamadas con idénticos resultados.
Esta impotencia de dos bandos del establishment norteamericano es muy ilustrativa del retroceso que afecta a la primera potencia. Por primera vez en dos siglos, un rival simplemente ignora el principio de Monroe. La causa de este fracaso es evidente. Washington afirmó sobre América Latina una supremacía económica que está perdiendo, frente a la fortaleza inversora, comercial y financiera de China.
La región nunca ha tenido la misma gravitación por el gigante oriental que por su competidor. No es el territorio vecino el que sustenta la liberación del nuevo poder. Los mercados asiáticos jugaron este papel en el debut de la expansión de Beijing. Por ese lugar secundario para China y decisivo para Estados Unidos, la disputa por América Latina es doblemente ilustrativa del avance oriental y el retroceso occidental.
La doctrina Monroe sirvió para afianzar primero la naciente economía estadounidense frente a Europa y posteriormente para trasladarla al Viejo Continente. En esta era altamente competitiva, Estados Unidos impuso acuerdos comerciales y de inversión hechos a su medida. Para asegurar la protección de su inmenso mercado interno, evitó aplicar al máximo el libre comercio, pero utilizó todos los mecanismos del liberalismo para asegurar su manejo en América Latina.
Esta misma carta juega ahora China en la región, con los tratados que suscribe en exceso del principal yanqui. Concretar una amplia variedad de TLC con mayor rapidez y eficacia que los Panamericanos anteriores. Una comparación entre ambos procesos confirma que el vertiginoso cambio en curso se basa en la pérdida de competitividad de EE.UU.
La pertenencia de “América” (latina) a los “americanos” (del norte) que postularon la doctrina Monroe siempre protegen los negocios de Estados Unidos con la amenaza militar. Este pilar bélico permanece inalterable, pero ahora debe apuntar a una economía replicante, frente a un retador que desconcierta a Washington.
En el pasado, los marines lograron afirmar la preeminencia de Estados Unidos en la región con guerras fulminantes (España), desembolsos expeditos (Francia) o maniobras de liderazgo (Inglaterra). Otros contendientes de menor influencia (Japón, Alemania) nunca se atrevieron a pisar la tierra del dominador yanqui.
Pero en pleno siglo XXI, China desembarca en América Latina con atractivos negocios que despiertan el código de socios locales, eludiendo al mismo tiempo cualquier conflicto con el Pentágono. La doctrina Monroe carece de respuestas a un desafío de este tipo. Basta observar lo ocurrido en Panamá para corroborar esta dificultad.
El bastión que construyó el imperialismo estadounidense en torno al Canal ha sido erosionado por la privilegiada relación financiero-comercial que Beijing ha pactado con los gobernantes del istmo. Sin enviar un solo gendarme, amenazan el control histórico de Washington sobre un cruce esencial para el dominio de los océanos.
En el pasado, Casa Blanca habría superado esa adversidad con una gran advertencia militar. El Pentágono contempla actualmente esta opción, pero sus márgenes de intervención se han reducido significativamente.
Este cambio sustancial en curso también se está verificando en el comportamiento de las clases dominantes latinoamericanas. Todas las presiones del Departamento de Estado para anular los acuerdos que firma este sector con el gobierno chino han resultado infructuosas. Ningún país ha renunciado al aumento de sus exportaciones ni al retorno de las inversiones que le ha proporcionado Pekín. A diferencia del pasado, Washington exige una subordinación geopolítica sin ofrecer contrapartes económicas.
Esta orfandad explica la resistencia que exhiben los grandes capitalistas latinoamericanos al alineamiento pasivo con las peticiones del Departamento de Estado. Ante la guerra de Ucrania, el grueso de los gobernantes de la región optó por la declamación o el aval diplomático, soslayando las penalidades contra Moscú.
Esa respuesta dista mucho de la ruptura de relaciones o el envío de tropas que primó durante la Primera o la Segunda Guerra Mundial. Tampoco sintoniza con la total subordinación de las elites latinoamericanas a la posterior cruzada anticomunista. También en este plano, la doctrina Monroe ya no disuade los negocios de las clases dominantes con su rival asiático.
*REPLIEGUE IDEOLÓGICO*
La doctrina Monroe también flaquea en el plano ideológico. Ese principio nutrió los conceptos propagados por los teóricos del imperialismo, para postular la superioridad de los anglosajones del Norte sobre los latinos del Sur.
Ese supuesto comenzó con la idea de un hemisferio occidental separado de la matriz europea, corporizado en la denominación "América", que los políticos estadounidenses adoptaron como sinónimo de su propio país. Esa apropiación presupuso de entrada la inexistencia (o descalificación) del resto del continente (Frade, 2021).
Esa identificación lingüística afianzó el sentido del principio de Monroe ("América para los americanos"), como una pertenencia de todo el continente al dominador del Norte. Esa asociación se consolidó aún más, con otra generalización idiomática para el resto del continente.
La vieja denominación de Hispanoamérica o Iberoamérica (previa a la Independencia) fue sustituida por América Latina, adoptando un apelativo de cuño francés que contraponía el universo latino-romano con su equivalente anglosajón. Esa designación inspirada en un distanciamiento crítico hacia el coloso del Norte, derivó posteriormente en la captura estadounidense del término América (a secas) para su propio y excluyente uso.
Estas peripecias de la lengua tuvieron serias connotaciones ideológicas para el sentido que asumió cada término. En la mirada imperial, América quedó definitivamente identificada con la prosperidad, el bienestar y el padrinazgo del Norte. Por el contrario, Latinoamérica fue asemejada al subdesarrollo, la corrupción y la incapacidad para el autogobierno.
Durante las dos centurias de surgimiento y apogeo del expansionismo yanqui, esa contraposición fue motorizada por los ideólogos del imperio y aceptada por las elites del continente. El declive actual de la primera potencia ha erosionado ese legado. América continúa como sinónimo corriente de Estados Unidos, pero sin la carga de elogio, admiración o reverencia del pasado.
El mismo declive se extiende a otros conceptos, como el "destino manifiesto", que justificaba la expansión territorial de Estados Unidos. Ese término fue introducido a mitad del siglo XIX para convalidar con mandatos divinos la violenta ampliación de la frontera, mediante el genocidio de los indios, la esclavización de los negros y el sometimiento de los latinos.
La captura de territorios era presentaba como una misión encomendada por Dios, para hacer valor la superioridad de la blancura anglosajona y las creencias protestantes. La misma mitología fue utilizada en la segunda mitad de esa centuria, para enaltecer las masacres de los marines en el exterior.
Esa ideología imperial combinó la exhibición de superioridad, con mensajes paternalistas de domesticación del vecindario latinoamericano, que era frecuentemente encasillado en algún estereotipo de salvaje o incivilizado. El Panamericanismo debía corregir esas rémoras precoloniales, con el liberalismo cultural que aportaban los inversores, funcionarios e intelectuales que Estados Unidos ofrecía a sus vecinos.
Ninguna de estas oprobiosas caracterizaciones persiste en la actualidad con la crudeza del pasado. Sus propagadores suelen endulzarlas o encubrirlas para disimular su obsolescencia. El retroceso económico quita credibilidad al autoelogio estadounidense.
Por las mismas razones ya no es tan sencillo estigmatizar a los latinos, con los descalificativos que previamente se utilizaron para despreciar a los pueblos originarios. El contraste entre el próspero emprendedor anglosajón con el inepto asalariado del Sur choca con el manifiesto fracaso del capitalismo estadounidense, para hacer frente a un competidor asiático significativamente alejado del prototipo occidental.
*SIN FÓRMULAS PARA DOMINAR*
Hasta hace poco tiempo, los chinos ocupaban un lugar semejante a otras etnias menospreciadas por el dominador occidental. La derrota económica que sufre Estados Unidos en el territorio latinoamericano frente al rival asiático, socava todos los vestigios de identificación del capitalista anglosajón con el éxito mercantil.
Como ese retroceso económico ha impactado sobre el sistema político estadounidense, tampoco la plutocracia bipartidista (que comparten los Demócratas con los Republicanos) puede repetir las falacias del pasado. Después del asalto que perpetraron los seguidores de Trump al Capitolio han perdido sentido las burlas imperiales a las "Repúblicas Bananeras" de América Latina. En Washington anida el mismo golpismo y las mismas disputas entre mafias, que en los despreciados territorios de la región.
También los contrapuntos entre americanistas del interior y globalistas de las costas acentúan la erosión de la mitología estadounidense. Esas tensiones siempre afectaron al gigante del Norte, como correlato de los intereses que contraponen a la enorme economía doméstica con los negocios en el exterior.
Esa fractura quedó atemperada en la posguerra, a través la síntesis que generó un programa común de dominación económica global. Esa convergencia reconcilió el aislacionismo rural e industrial del Medio Oeste, con el internacionalismo financiero de las Costas. Las fortunas generadas en otros países incrementaban los beneficios de todos los sectores internos (Anderson, 2013: 20-35).
Pero la vieja división ha reaparecido en las últimas décadas, al compás de los fracasos económicos y esa fractura se proyecta al exterior. Los discursos y actitudes de personajes como Trump, demuelen la vieja veneración de las elites latinoamericanas por el hermano mayor.
La ideología imperial estadounidense ha sido más perdurable que su par europea, porque sustituyó el viejo discurso colonialista por la simple exaltación del capitalismo, Enalteció como su antecesor la superioridad del hombre blanco, potenció los prejuicios euro centristas y exaltó las virtudes de Occidente. Pero reemplazó el mensaje de primacía colonial por una vacua veneración de la libertad, buscando suscitar identificaciones emblemáticas con los ideales del desarrollo y la democracia. Sustituyó la obsoleta veneración del colonizador por una ilusión de bienestar asociada con la expansión del capitalismo estadounidense (Anderson, 2010).
Ese mito logró un gran arraigo en incontables lugares del planeta, pero en América Latina siempre chocó con las modalidades descarnadas de la opresión estadounidense. Incluso la singularidad no colonial del imperialismo yanqui estuvo muy acotada en el Patio Trasero, que padeció un récord de ocupaciones, intervenciones y golpes de estado.
La idea de un imperio estadounidense meramente informal -con presencias militares breves y restringidas- y sustento estructural en la dominación económica, no se aplica a pleno en la región. América Latina fue siempre un escenario de la Doctrina Monroe contra los rivales foráneos y las rebeliones antiimperialistas.
La singularidad del Patio Trasero como un coto privilegiado de la supremacía estadounidense afronta actualmente un cuestionamiento inédito. La presencia China hace tambalear ese presupuesto bicentenario y empuja a los gestores de la Casa Blanca a buscar alguna forma de conservación de la vieja hegemonía. Ningún mandatario encontró hasta ahora la fórmula de esa preservación, en la gran disputa con China que analizaremos en el próximo artículo.
9-3-2023
*RESUMEN*
Un principio defensivo se transformó en la guía estadounidense para desplazar competidores y reforzar la dominación regional. Legitimó inicialmente la ampliación territorial, el control de Centroamérica, la supremacía en el Caribe y la disputa por Sudamérica. La doctrina orientó el desplazamiento de España e Inglaterra y convalidó la primacía de las empresas norteamericanas. Ese barómetro apuntaló la cruzada anticomunista durante la guerra fría.
Ese mismo patrón reaparece en el siglo XXI, pero con decreciente efectividad. No logra disuadir la presencia china, ni los negocios asiáticos con las clases dominantes de la región. También pierde gravitación el autoelogio, el padrinazgo y la terminología imperial. Estados Unidos no encuentra fórmulas para retomar su dominación.
*REFERENCIAS*
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Cockcroft, James (2002). América Latina y Estados Unidos, Siglo XXI, México.
Katz, Claudio (2008). Las disyuntivas de la izquierda en América Latina, Ediciones Luxemburg, Buenos Aires
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Paz y Miño Cepeda, Juan (2023). Renacen ideales latinoamericanistas, 9-2-https://www.aporrea.org/internacionales/a319464.html
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junio 2021 (33)
PARTIDO COMUNISTA DE LOS TRABAJADORES BRASILEÑOS/PCTB . Tema Espectacular Ltda. Tecnología