Denuncian que otros dos jesuitas abusaban a niñas
en el colegio Juan XXIII
Luego de haber sufrido los abusos, Juana advirtió
a sus compañeras de que no se durmieran y tuvieran cuidado de
Chesco.
Una nueva víctima de abusos sexuales contó la tragedia que vivió
en el colegio Juan XXIII de Cochabamba, a manos de un sacerdote
jesuita. Aseguró que cura pederasta Alfonso Pedrajas no fue el único
que abusaba a niños, había otros jesuitas que lo hacían con niñas
bolivianas, según el reportaje de diario español El País.
“Desde hace unas semanas estoy con el corazón dolido, pero con
la fuerza para hablar: Pedrajas no fue el único que abusaba de niños
en el colegio, había otros jesuitas que lo hacían con niñas”,
dice con fuerza Juana, nombre ficticio.
La víctima relató como trataba de quedarse despierta en las
noches, pero el cansancio siempre resultaba más fuerte y terminaba
cerrando los ojos, y es en ese momento que le tocaba vivir un
infierno.
Y es que ese miedo comenzó al poco tiempo de ingresar como
estudiante en el colegio Juan XXIII de Cochabamba, allá por el curso
de 1983. Tenía 14 años y una noche, cuenta, se despertó tras
sentir unas manos entre las piernas.
“Cuando miré debajo de las colchas vi unos ojos claros,
brillantes. Eran los ojos del jesuita catalán Francesc Peris. Me
moví, no quería que me tocara. Me hizo callar con su dedo: ‘Shhhh’.
Esa fue la primera vez”, relató.
Juana contó estos pasajes entre lágrimas y sollozos, debido a
que los recuerdos de aquellos días volvieron a su mente desde que el
diario El País develó el diario secreto del jesuita Alfonso
Pedrajas —fallecido en 2009 y antiguo director del Juan XXIII—,
en el que admite que abusó de decenas de niños durante décadas y
cómo la orden le encubrió.
Al enterarse de esa noticia, la tristeza volvió al corazón
dolido de Juana, porque no era el único jesuita abusador de niños
en el colegio, había otros más que lo hacían con niñas.
El testimonio de Juana se suma a las acusaciones de otros siete
exalumnos que acusan de pederastia, además de a Alfonso Pedrajas, a
otros dos jesuitas y profesores del mismo centro: a Peris, apodado
Chesco, y a Carlos Villamil, conocido como Vicu. En ambos casos,
aseguran que abusaron sexualmente de niñas durante los años
ochenta, según el diario español.
Juana recuerda que conoció a Pedrajas unos años antes de ir al
colegio porque éste visitaba a su hermano, por entonces alumno del
Juan XXIII. Pero indicó que no tiene muchos recuerdos sobre él,
solo las visitas que hacía a su madre y detalló que cuando ingreso
al colegio Pedrajas ya estaba en las minas.
Pedrajas dejó el colegio después de que una de sus víctimas le
denunciara ante los superiores. Tras su partida, llegó Chesco como
responsable de los alumnos de entre 14 y 15 años.
Antes de ser profesor en Bolivia, Chesco había sido docente en el
colegio de los jesuitas de Caspe-Sagrado Corazón de Jesús, en
Barcelona. Es uno de los acusados de pederastia que aparecen en el
primer informe que El País entregó a finales de 2021 al Vaticano y
a la Conferencia Episcopal Española. El denunciante contó a este
diario que Peris (conocido entre los estudiantes de Barcelona como
Cesc Peris) abusó de menores en el centro de Caspe en los años
setenta, y que desapareció de allí en 1976. Cuando la Compañía de
Jesús en España recibió este caso en 2021, anunció públicamente
que lo investigaría. Pero ahora se niega a dar información sobre
Chesco y su traslado al país latinoamericano, ni siquiera aclara si
está vivo o ya ha fallecido.
Luego de haber sufrido los abusos, Juana advirtió a sus
compañeras de que no se durmieran y tuvieran cuidado de Chesco.
“Esperábamos, esperábamos y esperábamos hasta que el
cansancio nos hacía dormir. Había noches que volvía a meter su
mano [en sus partes íntimas] y en otras iba directamente a otras
camas. Se acercaba a otras chicas y se perdía un rato ahí”,
relató.
Juana contó a un compañero de un curso superior lo que estaba
pasando, pero ambos sintieron temor del jesuita. Entonces el
compañero de Juana decidió hacer una caricatura de un hombre
metiendo su mano por debajo de la cama de una niña, lo pegó en la
vitrina del comedor del colegio, para hacer conocer los abusos que
estaban pasando, pero no tuvo éxito. Chesco seguía deambulando
entre las camas de las niñas.
Hasta que durante un retiro espiritual de los estudiantes en la
casa de Taquiña, un edificio de la orden cerca de Cochabamba, la
víctima contó lo que hacía Chesco en las noches a las niñas.
“Lo único que logré es que me abofeteara, me golpeara y me
dijera que me callara, que no dijera nada”, indicó. Como Juana,
otros cinco antiguos alumnos corroboran que los abusos de este
jesuita era un secreto a voces en el Juan XXIII.
Chesco no es el único señalado durante los años ochenta. Manuel
López, nombre ficticio de una de las primeras víctimas de Pica que
apareció en El País, acusa al jesuita boliviano Carlos Villamil,
conocido como Vicu y antiguo director del centro.
Según el relato de López, el jesuita cometía sus abusos en el
gallinero del colegio. “Allí había como una habitación chiquita,
como en el altillo [del gallinero], para que un encargado vigilase
las cosas, para que nadie robase. Tenía su mini dormitorio ahí.
Este compañero me llevó hasta ese lugar para mostrarme algo: Vicu,
sin cerrar la puerta, estaba allí teniendo relaciones sexuales con
una estudiante de 17 años”, describió López.
El sacerdote falleció en enero de 2023. Fue subdirector del
colegio Juan XXIII entre 1977 y 1988, después director en dos
periodos, entre 1983 y 1984 (cuando Pica, por entonces director, fue
trasladado a las minas de Oruro) y entre 1989 y 1991. Posteriormente,
siguió viviendo en Cochabamba y fue superior de la comunidad de
jesuitas de allí. También es uno de los nombres que más aparece en
el diario de Pica. Retratado como un amigo y compañero fiel.
López es una de las dos víctimas que denunció a los jesuitas
que sufrió abusos de Pica antes de que el caso se hiciera público.
En la denuncian también está incluido Vicu. Según El País, al
menos otros cinco exalumnos del colegio afirman que este director
abusaba de las estudiantes del colegio.
Pedro Lima, exjesuita y profesor del Juan XXIII durante los
noventa, reveló que, en 1997, Vicu, quien era su superior, también
cometió abusos. Dijo que se enteró del tema cuando vio a una de sus
estudiantes llorando.
“Le pregunté por qué lloraba y me dijo que Vicu había abusado
de su pariente”, relató. Lima dice que ese mismo día, después de
misa, le contó todo a Vicu, pero que este le cambió de tema. “Las
cosas no fueron iguales desde ese día, no me hablaba y evitaba el
contacto conmigo. La distancia llegó a tanto, que tuve que pedir el
cambio de comunidad”, afirmó.
El periodista que destapó el caso Pica:
Investigación periodística, relato de un violador y una “reacción
nunca vista”
Julio Núñez es parte del equipo de la
investigación del diario El País, que destapó el caso del
sacerdote Pedrajas. Está en La Paz. Destaca la “reacción
insólita” del Gobierno y de la Compañía de Jesús.
“No soy protagonista en esta historia”, aclara. Enfrente de la
Basílica de San Francisco, en La Paz, Julio Núñez habla de los
casos de pederastia en la Iglesia Católica. Él es parte del equipo
de investigación periodística del diario español El País, que
desde 2018 rastrea sucesos como el del sacerdote Alfonso Pedrajas.
Está en Bolivia para, “siempre desde el respeto y siempre
protegiéndolas”, conocer a las víctimas y al país del que
escribe casi todos los días.
Observa la plaza San Francisco. Morenadas y cumbias enmascaran su
voz. El periodista de la sección de sociedad destaca “la reacción
insólita” de la Compañía de Jesús y de las autoridades del
Gobierno boliviano. Considera que el caso de Pedrajas “está
conectado, temporalmente o cronológicamente, con otros”.
Con un tema tan escabroso como la pederastia en la Iglesia y
teniendo un panorama tan grande, en sus años de investigación,
¿cómo llegó a un tema tan específico en Bolivia?
La investigación no parte del hecho de investigar Bolivia. El
País ya llevaba bastantes años, desde 2018, investigando este
fenómeno en España. Durante esa investigación, el diario habilitó
un correo electrónico para que las víctimas y testigos pudiesen
escribirnos para contarnos su historia, ya que la Iglesia era una
institución demasiado cerrada y nunca nos aportaba datos de los
casos que conocía. A partir de 2018, nuestros textos llegaron a
Latinoamérica y empezamos a recibir textos, noticias y relatos de
las propias víctimas que nos escribían. En 2021, a finales, después
de una larga investigación y de constantes publicaciones con
repercusión política y mediática, nos escribió el sobrino de
Pedrajas. Nos dijo que necesitaba hablar con nosotros y ahí fue que
nos reveló, después de varias conversaciones, que tenía un diario,
en el que su tío Alfonso Pedrajas, alias Pica, admitía que había
abusado de decenas de menores de edad y cómo la Iglesia Católica,
la orden jesuita, le ayudó, encubrió y tapó esos delitos. A
nosotros se nos presenta ese caso, como tantos otros, e iniciamos la
investigación. Claro, con la complejidad que llevaba que era un caso
en el que todos los hechos sucedieron en Bolivia de un jesuita
español, así que fue que con esos datos El País se puso a
trabajar.
¿Cuánto tiempo se invirtió? ¿Qué fue del diario?
Desde que esta persona escribe al diario El País y se publica el
reportaje pasan nueve meses. A lo largo de esos meses, primero
iniciamos un trabajo de análisis del diario, qué contenía y cómo
lo contenía. Luego, de corroboración de lo que decía ese diario.
Había que corroborar frase por frase, primero que ese diario sí
pertenecía a Alfonso Pedrajas, porque el diario era un documento
escrito en ordenador. Él lo había escrito en una página de word,
no era manuscrito. Eso suponía una complejidad para saber la
veracidad del asunto. Ahí iniciamos un análisis extenso, hablando
con personas que sabían de la existencia del diario, que lo hicieron
llegar a España, etc. Luego hablamos con allegados y víctimas de
las personas, que no habiendo leído el diario, corroboraban, en
conversaciones, cosas que el mismo Pica contaba, del contexto y de la
situación. Luego de las conversaciones con las víctimas, empezamos
a ver un poco más allá, a ver quiénes fueron los encubridores y a
empezar a ver qué era lo que estaba más corroborado que teníamos.
Había cierta información que hablaba de la vida de Pica, como
jesuita, en el que se podía intuir que estaba hablando de abuso,
pero a lo mejor no era tan contundente, como lo que hemos publicado.
El diario contiene 384 páginas, a cuatro, es un legajo muy
grande. Entonces, claro, la información había que analizarla
profundamente. Había mucha información y contrastarla se ha hecho
en su plenitud. Se seleccionaron las pruebas más contundentes,
porque, al ser tan extenso, no podíamos hacer un reportaje de 80 mil
palabras. Había que dar primero la información que luego hemos ido
completando.
Entonces, en ese primer reportaje que teníamos planeado era coger
esos pasajes para que el lector, tanto en España como en Bolivia,
viese que lo que estaba diciendo Pedrajas no eran insinuaciones, eran
cosas contundentes. Cómo abusaba, cómo esta persona lo encubrió,
cómo pidió ayuda y cómo a lo largo de los años era una impunidad
total lo que sucedía cuando abusaba de los menores. Luego, a raíz
de todo ese trabajo comenzó la escritura del texto y todo el diseño
de cómo presentarlo al lector, a través de cómo podíamos llegar a
ese contenido audiovisual de fotografías, de audios, de
maquetación... para que el lector supiese que estaba leyendo, a la
vez, una parte de un diario de reflexiones. Todo el proceso duró
nueve meses. Pudo haber sido más, pero había una necesidad de
publicar para seguir investigando el caso, a raíz de la publicación,
que es lo que ha sucedido, relativo al diario y a los compañeros de
Pica.
¿Desde cuándo investiga a la Iglesia Católica?
Desde octubre de 2018. Un año antes había sido becario del
periódico El País y nada más al terminar lo que se llama la beca y
tal, en octubre de 2018, entré a trabajar en la sección de sociedad
y se me asigna escribir sobre la Iglesia y demás. Fue en ese momento
en el que la directora de por ese entonces, Soledad Gallego, decide
que en España no había salido el escándalo que había salido en
Francia, en Alemania, en Irlanda, en Estados Unidos... Entonces, la
directora presentó el interrogante: ‘¿Qué sucede en España?
¿Somos una excepción? ¿Aquí no pasó nada o tenemos que
investigar?’. Ahí iniciamos la investigación. Empezamos a hablar
con la Iglesia, que no aportaba datos, hicimos el análisis de las
sentencias digitalizadas en España, a nivel general. Localizamos las
que hacían referencia a sacerdotes y religiosos que habían abusado
y sólo encontramos 36. Fue en ese primer reportaje en el que
hablamos del silencio de la Iglesia ante este tema, que incluimos un
email, que es abusos@elpais.es, con la intención de que si había
alguna víctima o testigo, pues, que pudiese contarnos, nosotros
haríamos la investigación. La sorpresa fue que tras la publicación
de ese reportaje, el mail se llenó por centenas. Ya recibimos más
de mil. Claro, cada vez que sacábamos un caso, como ha sucedido
ahora que sacamos el de Bolivia, hemos visto cómo a ese buzón
llegaron decenas de mensajes referentes a Latinoamérica de casos de
abuso. Las víctimas, en general, no confían en la Iglesia para
contarlo. Cuando ven que alguien lo hace, hay un efecto dominó. Ahí
fue donde yo empecé, junto con un compañero, y luego se creó un
equipo de investigación que continúa vigente, con mi compañero
Íñigo Domínguez, que sigue publicando casos. De hecho, fue Íñigo
Domínguez, en 2019, quien sacó el caso de Luis Tó, ese jesuita
español al que los jesuitas, después de haber sido condenado en
1992, por abusar de una menor, lo envían a Bolivia. Un jesuita que
aparece, como aparece en el reportaje, citado por Pica, que es una
prueba más de que cómo la orden, en su momento cuando nos mandó la
información de que no estuvo en contacto con menores, nos mintió,
porque luego se pudo saber en nuestras publicaciones que esta persona
siguió en contacto con menores en Bolivia.
Hay archivos secretos en la Iglesia Católica en los que se
evidencian los abusos, con su experiencia, ¿se puede acceder a ellos
con un derecho de petición?
En 2019, el Papa decide cambiar la normativa canónica, es decir,
el derecho propio que tiene la Iglesia a la hora de tratar estos
temas. Hasta ahora, lo que hacía la Iglesia era recibir la denuncia,
lo tapaba y trasladaba a esa persona. Como mucho, si la víctima
denunciaba el caso ante la justicia, cosa que la Iglesia intentaba
evitar, el sacerdote podía acabar en la cárcel o multado, pero esto
obedecía al poder jurídico de cada país.
En 2019, el Papa ordena a toda la Iglesia universal a crear
oficinas de atención a las víctimas y de abrir una investigación
cada vez que una persona acudiese a estas oficinas y no realizase
sólo una denuncia formal o si sólo la Iglesia escuchase un rumor.
Eso no se llevó al cabo del todo. Según las pruebas que vimos en
España, hay diócesis que sí lo hicieron, pero hay otras que han
ocultado, por ejemplo, la información relativa al acceso a las
oficinas en internet, víctimas que accedieron no fueron bien
tratadas, etc. La Iglesia está obligada a abrir un proceso canónico,
a investigar al acusado, si sigue vivo, pero si no sigue vivo, a
denunciar el encubrimiento. ¿Qué hizo la Iglesia Católica en
Bolivia? Hizo algo insólito. Nada más al publicar el diario El
País, abrió una investigación y apartó a los ocho antiguos
provinciales que encubrieron a Pica. También es verdad que la
Compañía de Jesús recibió la denuncia de una víctima y el aviso
del sobrino de Pica y no abrió una investigación canónica, aunque
ella luego haya dicho que sí.
La Iglesia tiene archivos propios, son archivos secretos que no
tiene la obligación legal de revelarlos. Pero con la experiencia de
Estados Unidos es que esos archivos pueden contener cartas, denuncias
y acusaciones de víctimas y confesiones como las del padre Pica.
Estos archivos son esenciales en cualquier investigación. Se ha
visto en investigaciones en EEUU y Alemania, donde aparecieron
documentos que revelaban que el Papa Benedicto XVI pudo estar
implicado en tapar casos de abuso cuando era arzobispo de Múnich. En
España, la Iglesia no abrió los documentos para el Defensor del
Pueblo.
¿Los abusos sexuales en la Iglesia Católica no son hechos
aislados, sino un problema estructural que aqueja a todos los países
y fuertemente a Latinoamérica?
El caso de Pedrajas refleja cómo la Iglesia, a lo largo de las
últimas décadas, ha tratado los casos de abuso. Es decir, había un
sacerdote o clérigo que abusaba de un menor, el rumor se corría y a
esta persona la trasladaban. Esta persona seguía abusando y cuando
esa persona seguía abusando, como el caso de España, lo trasladaban
a Bolivia, a América, y seguía haciendo lo mismo. Se ve el tema de
cómo había sacerdotes que abusaban y luego cómo la Iglesia actuaba
de una manera metodológica en todo el mundo. Luego hay otra
perspectiva y es que la publicación de este caso ha sido única, en
el sentido de que es la primera vez que se ha tratado este tema desde
adentro. Hasta ahora, todo lo que se publicaba era a través de
cierta documentación de la Iglesia, denuncias y demás, documentos
jurídicos y el relato de las víctimas. En esta ocasión, es un
diario en el que habla el abusador y lo cuenta desde dentro de la
Iglesia y eso lo hace único.
¿Cuál es su lectura de la reacción en Bolivia?
Es un caso particular por cómo ha reaccionado Bolivia, primero la
sociedad, que sintió esto como doloroso y complejo a la vez porque
hablamos de una orden que actuó de una manera impune en este tema
del encubrimiento. Luego, las instituciones actuaron de una manera
muy rápida. Las instituciones del Gobierno, que iniciaron una
investigación, pero también de la Compañía de Jesús, que abrió
una investigación y de manera insólita apartó, la primera semana,
a los que tenían cargos superiores. Eso no he visto en otros países,
de una manera rápida.
¿Fue esa insólita reacción la que lo trajo a Bolivia?
Tenía pensado venir a Bolivia después, no sólo para seguir
investigando, sino también porque yo tenía el deber de conocer a
las víctimas y por la necesidad de conocer al país del que estoy
escribiendo. Es difícil para ellos hablar por teléfono. Yo creo que
debía venir para conocer a algunos. También para hacer algunas
entrevistas a los responsables de aquí. Que los medios bolivianos
hayan cogido el tema y lo estén informando a su manera es
importante. Eso ayuda a que salgan más víctimas.
El caso de Pedrajas es un caso que está conectado, temporalmente
o cronológicamente, con otros casos que han sucedido en la Compañía
de Jesús. Seguiremos en este caso y, de manera inevitable, es
probable que salgan más
sacerdotes.
HOJA DE V
ID A
Nombre. Julio
Núñez.
Lugar de
nacimiento. En Casar de Cáceres, en España.
Edad. 33
años.
Trayectoria.
Desde 2018 es periodista de la sección de sociedad y de la de
investigación en el diario español El País.
“El periodismo
es contar algo que alguien no quiere que cuentes. Esa importancia se
puede ver en las investigaciones”.
“El periodismo
da esperanzas a que la verdad, cuando sale a la luz, puede ayudar a
cambiar ciertas cosas que afectan a la sociedad”.
El jesuita abusó de niños y niñas de entre
seis a 12 años
Archivo fotográfico del cura pederasta Luis Roma
en Charagua y el testimonio de quien lo descubrió
El sacerdote jesuita Lucho Roma mantenía el
registro de sus víctimas en un archivo de fotografías y videos.
Página Siete tuvo acceso a parte de las imágenes, en las que se ven
varios niños y niñas víctimas.
Si el jesuita español Alfonso Pedrajas, “padre Pica”, llevaba
un diario sobre su pederastia, su compatriota y compañero de orden
Luis María Roma Padrosa tenía un archivo de fotos y videos. Este
registro de los abusos cometidos a su paso por Charagua (Santa Cruz)
fue hallado y revelado por otro miembro de su congregación.
Durante años, Roma guardó la cuenta de sus agresiones en decenas
de imágenes en las que puede ser identificado claramente. Sus
víctimas eran niños y niñas de seis a 12 años de edad, de piel
morena y rasgos indígenas. En 2019, una investigación de la agencia
EFE reveló los abusos sexuales del padre Roma, siete meses antes de
que el jesuita muriera negándolo todo. Este caso, denunciado hace
cuatro años, recién fue derivado al Ministerio Público hace días.
Página Siete accedió al archivo fotográfico y habló con
el exjesuita que halló el archivo, cuando compartía vivienda con
Roma. La identidad de la fuente será resguardada por su seguridad y
hay que aclarar que no tiene relación con el exjesuita Pedro Lima,
quien en los últimos días realizó varias denuncias.
“Puede decirse que el mío es el testimonio cero. Fui parte de
la comunidad en la que vivía Roma. Ahí encontré el CD con las
pruebas”, afirma el exjesuita.
No titubea y aunque han pasado más de 10 años, recuerda aquel
momento en que vio en un computador la imagen de uno de sus
sacerdotes más admirados en uno de los crímenes más atroces. No
solo reconoció al padre, también reconoció el poblado y la
habitación.
Una década en Charagua
Conocido como territorio Guaraní, Charagua es uno de los
municipios más grandes del país, pero en el que la mancha urbana es
muy pequeña. Apenas se extiende por unas 10 a 15 cuadras hacia
adelante y hacia atrás.
A esta región, la Compañía de Jesús llegó en 1964. Desde
entonces emplazó proyectos educativos, como las escuelas Fe y
Alegría, o productivos, como Cipca Cordillera. Pero, sin duda, el
corazón de todo era la parroquia San Miguel, el destino de Luis Roma
entre 1994 y 2004.
“Parecía un viejito entrañable, solo tenía unos chistes un
poco pasados de tono. Incurría en una suerte de doble sentido
sexual, pero no se podía pensar que ese señor hubiera abusado
niños. Era un excelente profesor de música, lo admiraba”, señala
el exrreligioso.
Son decenas de jóvenes y adultos los que lo recuerdan de esa
forma. Como el padre alegre que les enseñó a apreciar la música,
que les regalaba dulces y galletas mientras los llevaba a la
parroquia a ver películas.
“Fue parte de mi paso a la adolescencia, siempre nos aconsejaba.
No puedo creerlo”, dice uno de sus feligreses al ser consultado por
la denuncia que la Compañía de Jesús oficializó en contra del
padre Roma.
Y es que al parecer era esta cercanía de maestro, amigo y
consejero la que le servía para acercarse a los niños y niñas que
luego serían sus víctimas. No se sabe cómo los escogía, pero por
las fotos se ve que eran pequeños de entre seis a 12 años, niños y
niñas, con rasgos indígenas y por tanto provenientes de las
poblaciones más vulnerables.
El hallazgo
“Fui parte de la comunidad en la que vivía el padre Luis Roma”,
afirma el exjesuita. Pide dejar en reserva fechas y lugares.
“En ese tiempo, en la comunidad había una sola computadora. En
ese entonces éramos varios miembros y todos la usábamos por
horarios. Cuando llegó mi turno, agarré una memoria USB y fui a
revisar mi correo. Apenas me senté frente a la máquina, salió una
notificación que decía que había un CD en el display. Cerré todo,
pero después pensé ver de quién era, para devolverlo. Pero en el
CD no vi simples archivos”, relata.
En la pantalla saltaron imágenes de pequeños cuerpos desnudos.
Algunos mojados, como salidos de una ducha y otros sentados en un
mueble que de inmediato reconoció. “Alguna vez estuve en Charagua,
conocía ese lugar”, dice.
Aún incrédulo, logró reconocer en varias de las fotos el rostro
de Luis Roma y de más de 20 niñas y niños distintos, que eran
tocados en las partes más íntimas de su cuerpo.
“Fue muy difícil ver así a alguien a quien admiras mucho”.
Cuando cayó en cuenta a quien pertenecía el CD, el exjesuita se
apresuró a copiar un puñado de imágenes en su memoria USB para
guardar las pruebas aún sin saber bien qué hacer con ellas.
“El cuarto del padre Roma estaba a dos metros de la sala de la
computadora. Me di cuenta que si era de él y lo había olvidado, iba
a volver pronto. Lo único que atiné fue a resguardar en un USB
parte de las fotografías”.
Un compilado de horror
Desde una de las fotos, Roma mira hacia arriba señalando con una
mano al cielo, mientras con la otra sostiene a una niña por debajo
de la falda. En otra sonríe, mientras recorre con los dedos el
cuerpo a medio desvestir de otro pequeño.
Página Siete tuvo acceso a un archivo de 27 imágenes, su
origen fue verificado tanto por este medio como por las
investigaciones iniciadas por la Compañía de Jesús en 2019, cuando
el caso fue denunciado por primera vez.
Difíciles de ver, muestran parte de la desviación sexual del
religioso. Sin recato, besa a los pequeños, mientras los sostiene
con fuerza por la quijada. En más de una foto los niños y niñas se
limitan a taparse los ojitos con el antebrazo o morderse las manitos,
muestra de su indefensión.
Ninguna de las imágenes es la original, sino que son capturas
tomadas de fotografías físicas y de la pantalla de un televisor en
el que se ponía a correr una grabación. Es decir que el CD solo era
una digitalización de un archivo físico aún más grande, cuyo
paradero se desconoce.
“Eran eso, fotos tomadas a fotografías físicas por una cámara
digital. Otras eran fotos tomadas a un video, es decir que tiene que
haber esas filmaciones, pero seguramente ya no las podremos
encontrar”, afirma la fuente.
En la parte inferior izquierda, de una de las fotografías tomadas
a un video se distingue una fecha: 17 de agosto de 2002. Una data muy
anterior a la del hallazgo del archivo.
Si esa fuera la fecha de los abusos, se podría hablar de víctimas
que hoy bordean los 30 años de edad. La fecha coincide con el tiempo
en que Roma estuvo en la parroquia de Charagua.
¿Quiénes más actuaron?
Las imágenes son parte del testimonio cruel que el padre Roma
recolectó para registrar sus crímenes. Pero quienes lo conocieron
aseguran que no pudo realizarlo solo, porque no era hábil con la
tecnología.
Le costaba encender una computadora y más aún revisar su correo
electrónico. Alguna vez, ya a avanzada edad, se aficionó por
adquirir estas habilidades.
Por estas características, el exjesuita presume que hubo alguien
que lo ayudó a convertir el material físico en digital y concentrar
todo en un CD; alguien de confianza, una especie de asistente o
persona predilecta. “No creo que haya sido jesuita”.
Tampoco cree que sea posible que otro jesuita haya ayudado a
captar a los niños o a tomar las imágenes originales. Y es que la
cantidad de jesuitas que quedaban en Charagua era mínima, entre tres
o cuatro.
Todos estaban repartidos en diferentes tareas. Mientras los otros
se dedicaban a salir a las comunidades, Roma siempre se quedaba en el
pueblo, solo.
“Ellos sabían, yo se los dije”
Con más de 80 años, Roma falleció en Cochabamba en agosto de
2019, luego de permanecer meses en una residencia jesuita. Llegó a
esta casa por su avanzada edad y no por las denuncias.
Y es que si fue en enero de 2019 que el caso se hizo público, el
exjesuita que halló el archivo fotográfico hizo conocer la
situación a sus superiores en anteriores ocasiones. Tanto cuando
Roma fue designado como consejero espiritual en un colegio, como en
las cuentas de conciencias anuales, que son parecidas a una
confesión.
“Yo se los dije... en su momento le dije al provincial todo lo
que sabía, pero no pasó nada”.
El exjesuita guardó este archivo fotográfico por años, hasta
2019, cuando el caso se hizo público en los medios de comunicación.
Asegura que no lo usó en ningún momento para sacar réditos
personales o para dañar o extorsionar a la Iglesia.
Simplemente lo guardó hasta que tuvo la oportunidad de revelarlo
y descargar el peso ajeno que llevó por años. Revelar el material
fue su último intento de cambiar las cosas.
Los jesuitas prometieron investigar el caso, pero los resultados
llegaron tres años después de la muerte de Roma, cuando ya no podía
pagar en la tierra aquello que hizo en nombre del cielo.
Los resultados fueron publicados en septiembre de 2022, en un
comunicado de apenas tres párrafos, en el que se acepta la
“verosimilitud” de la denuncia. El nombre de Luis Roma apenas se
adivina en cuatro iniciales. No se precisa el lugar de los hechos, si
hubo encubrimiento, si hay otros responsables, el número de víctimas
o si éstas fueron contactadas, escuchadas y atendidas.
“Como religiosos asumimos que, en su momento, las medidas de
prevención para evitar este hecho no fueron las apropiadas, por lo
que pedimos perdón”, señala dicho documento.
El caso no fue remitido al Ministerio Público hasta días
pasados, cuando creció la presión por los nuevos casos.
Un pacto, todos son uno
Es difícil entender el porqué si varias personas sabían lo que
hacía el padre Roma, nadie lo denunció. Entre quienes están dentro
la orden y los que salieron afirman algo común: cuando estás dentro
parece natural que todo el grupo sea uno y que los trapitos sucios se
laven a puertas cerradas.
Sin embargo, el secretismo raya en el encubrimiento de los
religiosos agresores y alimenta una falta de transparencia que solo
agrava el daño causado a las víctimas por sacerdotes como Roma,
Pedrajas o tantos otros que aún permanecen en la oscuridad y la
impunidad.
Si conoce de algún caso puede escribirnos al whatsapp 76795016 o
al correo “p7,denuncia@gmail.com”. Se guardará completa reserva
para garantizar su seguridad.
“Es necesario
investigar los otros casos, no solo el del padre Pica. Identificar a
todos los responsables”.
Pamela Terrazas,
diputada
“Estamos pidiendo
que la Asamblea Legislativa cree una comisión de la verdad a nivel
nacional”.
Pamela
Terrazas, diputada
¿Cuántos sacerdotes abusadores podrían estar implicados en
delitos sexuales?
De acuerdo a un informe de Child Rights International Network
(2019), la Iglesia Católica de Latinoamérica atraviesa la “tercera
oleada” de casos de abusos de menores. La primera se desató en
2002 en Estados Unidos, mientras que la segunda en Europa y Oceanía.
Si bien se han visto denuncias masivas en Chile, Argentina y
Colombia, aún no hay cifras que estimen el problema en la región y,
por tanto, en Bolivia. Los únicos datos se desprenden de
investigaciones hechas durante las primeras olas.
En 2017, una comisión investigadora oficial de Australia reveló
que el 7% de los sacerdotes católicos fueron acusados de abusar de
niños entre 1950 y 2015. La investigación en Estados Unidos reveló
que el dato para este país era 6%; cifra refutada por las
organizaciones civiles, que indicaron que con los subregistros podía
tratarse de un 9%. En Alemania una revisión de las denuncias lanzó
que un 5,1% de los religiosos estaba involucrado.
Las cifras no están muy distantes entre sí. Tampoco están lejos
del rango estimado por el exjesuita que reveló el caso del padre
Roma.
“De acuerdo a mi experiencia personal, ojo no digo que sea así
en todas partes, pero en mi entorno un tercio se dedicaba a una vida
célibe. Otro tercio tenía una vida sexual plena e incluso una
familia, esposa e hijos. Otro grupo similar tenía relaciones o una
pareja homosexual, dentro o fuera de la Iglesia. Hay menos de un 10%
que es pederasta”, explica el exrreligioso
Según el censo de 2012, en Bolivia el 68% de la población se
declara católica. Un registro no oficial señala que hasta 2020, la
organización pastoral estaba compuesta por 597 parroquias, 781
centros de atención pastoral y 1.219 sacerdotes católicos. Si
aplicamos los porcentajes, podrían haber entre 60 y 100 agresores.
Pero esta es solo una conjetura.
Lo que queda claro es que en el país no hay cifras accesibles y
reales de los casos. Ni siquiera existe un registro público y
centralizado en la Conferencia Episcopal de Bolivia sobre los
sacerdotes que ejercen en el país. Este detalle ya fue solicitado
por Página Siete en varias ocasiones desde 2016.
La respuesta siempre es la misma: “Se está trabajando en el
registro”, “cada orden tiene sus propios datos”.
Abusos van más allá de los jesuitas o la Iglesia Católica
“Lo que se vive dentro de la Compañía de Jesús, se vive en
cualquier otra congregación, no es un caso particular de los
jesuitas. Pasa en las congregaciones de mujeres o de hombres; digamos
en toda la organización religiosa católica, en los seminarios y
conventos... ocurre en todas partes, pero eso no quiere decir que
todos sean malos”, manifiesta el exjesuita.
Si bien son los jesuitas los que ahora están en el ojo público,
son más la órdenes en las que se denunció crímenes de algunos de
sus malos elementos.
Basta con revisar las denuncias públicas hechas en Bolivia en
contra de religiosos dominicos y carmelitas. Tampoco pasa
desapercibido el comunicado emitido en abril pasado por el Opus Dei,
en el que reconoce como “fundadas” las denuncias de abusos en
contra de ocho de sus miembros (clérigos y laicos) en Bolivia,
Paraguay, Uruguay y Argentina.
Dicho documento fue emitido en el marco del segundo Congreso
General Extraordinario del Opus Dei, realizado hace un mes en Roma.
Pero estos crímenes no solo atañen a la Iglesia Católica. En
menos de un año se registraron cinco denuncias en contra de pastores
evangélicos que abusaron sexualmente de niñas menores de edad.
En octubre pasado, en Yacuiba, un pastor evangélico fue
encarcelado preventivamente, acusado de violar a dos menores de edad.
No es su primera denuncia, cinco meses antes fue denunciado por otro
delito similar. En la misma localidad, otro pastor fue acusado de
violar a una niña que acudía a la iglesia que dirigía el agresor.
En enero de este año se aprehendió a otro líder evangélico de
Guarayos por el mismo crimen. Mientras que en julio de 2022 otro
pastor fue detenido en Ancoraimes, La Paz, por vejar a una niña en
la casa donde se alojaba.
Plantean una comisión de la verdad para investigar todos los
casos
“Estamos pidiendo que la Asamblea Legislativa cree una comisión
especial a nivel nacional. Una comisión de la verdad que investigue
y ponga freno a estos casos de una vez”, afirma la diputada del MAS
Pamela Terrazas.
Entre el miércoles y el viernes, la legisladora instaló en las
oficinas de la brigada parlamentaria de Cochabamba una sala de
reuniones reservada. A esta convocó a las víctimas de vejaciones
por parte de sacerdotes u otras autoridades religiosas.
Tomó la iniciativa luego que dos víctimas, por separado, se
contactaron con ella para pedirle que las escuche. Y es que sienten
que no hay un espacio seguro para denunciar o simplemente descargar
el peso que los abusos dejaron.
Hasta el jueves recibió ocho denuncias, de las cuales tres
corresponden a los crímenes cometidos por el padre Pedrajas. Las
otras cinco están referidas a abusos físicos o psicológicos e
incluso temas de despojo o avasallamiento por parte de otros
religiosos.
“Es complicado, porque de los tres solo uno se animó a
denunciar. El resto tiene miedo porque ya tienen una vida hecha y sus
familias no saben lo que les pasó. Por esto es necesario investigar
los otros casos, no solo el del padre Pica. Ver si los autores están
vivos o si hay otros responsables. Urge activar las medidas de
protección, reparación y resarcimiento para las víctimas”, dice
la legisladora antes de volver nuevamente a la sala reservada.
La idea de una comisión genera susceptibilidad en varios
sectores, pues se teme que la investigación se desvíe y tome un
rumbo político, relegando lo más importante: la atención a las
víctimas.
“Si de algo sirve todo esto, que sea
para que se busque a las víctimas para reparar el daño cometido”.
Exjesuita
8 denuncias se abrieron en las
últimas semanas ante el Ministerio Público en La Paz, Cochabamba y
Santa Cruz.
“La Iglesia Católica de
Latinoamérica atraviesa una tercera oleada de casos de abusos de
menores de edad”.
CRIN, informe 2019
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