Una reflexión sobre la continuidad de la política imperialista estadounidense hacia Nuestra América.
«DEMÓCRATAS O REPUBLICANOS SON EL MISMO AGRESOR CON DIFERENTE COLOR»
La historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina demuestra una realidad que muchas veces se intenta ocultar detrás de los discursos electorales: pueden cambiar los presidentes, los partidos políticos, los colores de las campañas y las formas de comunicación, pero los intereses estratégicos de Washington sobre América Latina mantienen una continuidad histórica.
Que ganen los demócratas o los republicanos no significa necesariamente que vaya a cambiar la relación de subordinación que Estados Unidos pretende imponer a los pueblos latinoamericanos.
La cuestión de fondo no es solamente quién ocupa la Casa Blanca. La verdadera pregunta es: ¿está dispuesto Estados Unidos a reconocer definitivamente la soberanía de nuestros pueblos, respetar sus decisiones políticas y abandonar su pretensión de ejercer como potencia tutelar sobre el continente?
Durante más de dos siglos, América Latina ha sido considerada por las élites estadounidenses como un espacio de influencia estratégica, económica, política y militar. Una concepción colonial que se expresa en la conocida doctrina del «patio trasero», como si nuestros países no fueran naciones soberanas, sino territorios sobre los cuales Washington tuviera derechos especiales.
No se puede analizar la política exterior estadounidense sin observar sus hechos concretos.
Henry Kissinger, durante las administraciones de Richard Nixon y Gerald Ford, fue una figura central de la estrategia de presión y desestabilización contra el gobierno constitucional de Salvador Allende en Chile. Los documentos desclasificados de Estados Unidos demuestran que Washington impulsó operaciones encubiertas, presiones económicas y acciones destinadas a impedir que Allende consolidara su proyecto político. No se trata de una interpretación: existen documentos oficiales que lo acreditan.
National Security Archive+2
Ronald Reagan, republicano, convirtió a Centroamérica en uno de los principales escenarios de la confrontación de la Guerra Fría. Su administración respaldó a los contras en Nicaragua y sostuvo una política de intervención regional bajo el argumento de combatir el comunismo.
Barack Obama, demócrata, representó un estilo diplomático diferente. Impulsó el acercamiento histórico con Cuba en 2014, pero en 2015 también declaró a Venezuela una supuesta amenaza extraordinaria para la seguridad nacional estadounidense mediante una orden ejecutiva que abrió el camino a nuevas sanciones. El lenguaje diplomático podía cambiar, pero persistían instrumentos de presión sobre gobiernos latinoamericanos que Washington consideraba adversarios.
Donald Trump, republicano, profundizó una política de confrontación, sanciones económicas, presión migratoria y endurecimiento de las relaciones con Cuba y Venezuela. Su discurso fue más explícito, pero no inventó la concepción de América Latina como zona de influencia estadounidense.
Los métodos no son idénticos y tampoco corresponde borrar las diferencias entre administraciones. Hubo aperturas diplomáticas, negociaciones y momentos de mayor cooperación. Sin embargo, la continuidad de los intereses estratégicos es un elemento que América Latina no puede ignorar.
El propio informe del Servicio de Investigación del Congreso estadounidense de mayo de 2026 reconoce que históricamente numerosos responsables políticos de Washington han considerado al hemisferio occidental como una esfera de influencia vital para los intereses de Estados Unidos.
Every CRS Report+1
El 3 de noviembre de 2026, los demócratas obtuvieron una importante victoria en las elecciones legislativas de medio término y conquistaron el control de ambas cámaras del Congreso. Es un resultado político significativo y un revés para Trump.
Reuters+1
Pero debemos evitar una confusión: ganar el Congreso no significa cambiar automáticamente la política exterior de Estados Unidos. El presidente continúa en funciones y la política internacional depende de decisiones del Ejecutivo, del Congreso, de sus organismos de seguridad y de los intereses económicos y estratégicos del país.
Por eso, América Latina no debe depositar sus esperanzas de emancipación en los resultados electorales de una potencia extranjera.
Nuestro futuro no puede depender de que gobiernen los demócratas o los republicanos. Debe depender de nuestra capacidad de construir soberanía política, independencia económica, integración regional y unidad latinoamericana.
Desde la Doctrina Monroe de 1823 hasta las estrategias geopolíticas actuales, Estados Unidos ha desarrollado una concepción de seguridad continental en la que sus propios intereses ocupan un lugar privilegiado. Aunque la doctrina nació en un contexto de oposición a la recolonización europea, posteriormente fue utilizada para justificar pretensiones de predominio e intervenciones en América Latina.
The National Museum of American Diplomacy+1
Hoy, esa disputa adquiere nuevas dimensiones. Ya no se trata solamente de controlar territorios o instalar gobiernos aliados. También se trata de controlar recursos estratégicos, energía, minerales, litio, petróleo, alimentos, rutas comerciales, tecnologías y posiciones geopolíticas.
La presencia económica de China, el fortalecimiento de los BRICS, la cooperación entre países del Sur Global y la búsqueda de un mundo multipolar representan desafíos para la histórica hegemonía estadounidense.
Y allí aparece una cuestión fundamental: ¿pueden nuestros pueblos decidir libremente con quién comerciar, con quién establecer alianzas y qué modelo de desarrollo construir?
Nuestra respuesta debe ser contundente: sí.
Argentina, Brasil, Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua, México y el resto de las naciones latinoamericanas tienen derecho a establecer sus propias relaciones internacionales sin amenazas, condicionamientos, bloqueos ni presiones externas.
No estamos defendiendo a un gobierno determinado ni otorgando cheques en blanco a ningún dirigente. Estamos defendiendo un principio superior: la autodeterminación de los pueblos.
No queremos cambiar una dependencia por otra. No queremos nuevos tutores ni nuevos imperios. Queremos cooperación internacional entre iguales, respeto mutuo y relaciones basadas en la soberanía.
La integración latinoamericana no puede seguir siendo una declaración de buenas intenciones. Debe convertirse en una herramienta concreta de independencia económica, política, cultural y comunicacional.
Los pueblos latinoamericanos hemos sufrido dictaduras, golpes de Estado, bloqueos económicos, intervenciones militares, operaciones encubiertas y presiones diplomáticas. También hemos conocido la resistencia, la solidaridad internacional y las luchas por nuestra liberación.
Por eso, no debemos confundir un cambio electoral en Estados Unidos con una transformación estructural de su política exterior.
Podrán cambiar los discursos, los presidentes y los partidos. Podrán presentarse con una imagen más diplomática o con una retórica más agresiva. Pero la verdadera transformación solamente llegará cuando Washington abandone su pretensión de decidir el destino de América Latina.
América Latina no es el patio trasero de Estados Unidos. Es nuestra casa, nuestra tierra y nuestro futuro.
Y la soberanía no se negocia.
Director RedContactoSur
Por la soberanía de los pueblos. Por la unidad latinoamericana. Por un mundo multipolar.
REDContactosur — La verdad tal cual es.
Fuentes documentales para profundizar: Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos (CRS), documentos desclasificados del National Security Archive y documentación histórica del Departamento de Estado estadounidense.
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