ANÁLISIS SOBRE LA SITUACIÓN ACTUAL DE BOLIVIA
La situación política, económica y social que atraviesa
actualmente el Estado Plurinacional de Bolivia exige un análisis
profundo, crítico y autocrítico comprometida con los intereses
históricos del pueblo trabajador y alejada tanto del oportunismo de
derecha como de los personalismos que terminan debilitando los
procesos populares.
Resulta imposible comprender la crisis interna que vive hoy el
movimiento popular boliviano sin analizar el papel desempeñado por
el ex mandatario y líder cocalero Evo Morales Ayma. Si bien
corresponde reconocer los avances alcanzados durante su primer
período de gobierno, especialmente en materia de inclusión social,
recuperación de recursos estratégicos, fortalecimiento del Estado y
visibilización de los pueblos originarios, también es necesario
señalar las responsabilidades políticas que le corresponden en la
actual etapa de división y confrontación interna.
Durante los últimos años, Evo Morales ha mantenido una actitud
de oposición permanente al gobierno de Luis Arce, promoviendo
enfrentamientos políticos, movilizaciones, bloqueos y conflictos que
han generado enormes pérdidas económicas para el país. Estas
acciones han provocado paralización del transporte, dificultades en
el abastecimiento, daños a la infraestructura pública y
afectaciones directas a trabajadores, campesinos, pequeños
comerciantes y sectores populares.
Desde nuestra óptica, resulta necesario preguntarse a quién
benefician objetivamente estas acciones. Más allá de los discursos,
la fragmentación del campo popular y el debilitamiento del gobierno
nacional terminan favoreciendo a los sectores tradicionales de centro
derecha y derecha, que históricamente han actuado contra los
intereses de las mayorías populares.
También debe señalarse que la promoción del voto nulo y la
permanente confrontación interna dentro del movimiento popular
contribuyeron a fortalecer electoralmente a sectores conservadores.
La división de las fuerzas populares siempre ha sido una de las
principales herramientas utilizadas por las élites para recuperar
espacios de poder.
Otro aspecto que no puede ser ignorado es la crisis política de
2019. Independientemente de las distintas interpretaciones
existentes, es una realidad histórica que Evo Morales, junto a
ministros y altas autoridades de su gobierno, presentó su renuncia,
dejando un vacío político que permitió el ascenso de Jeanine Áñez
al poder. Posteriormente se consolidó un gobierno denunciado por
amplios sectores nacionales e internacionales por violaciones a los
derechos humanos, persecuciones políticas y represión social.
Asimismo, diversos sectores han cuestionado durante años la
presencia dentro del antiguo gobierno de Juan Ramón Quintana, debido
a antecedentes relacionados con espacios de formación militar
vinculados históricamente a la llamada Escuela de las Américas,
institución ampliamente criticada en América Latina por su papel en
doctrinas de seguridad impulsadas por los Estados Unidos.
Sin embargo, el problema de fondo no radica únicamente en
personas concretas sino en una concepción política que termina
reduciendo los procesos revolucionarios a liderazgos individuales.
La necesidad de
forjar nuevos dirigentes revolucionarios
Uno de los errores más graves que puede cometer cualquier proceso
popular es creer que una sola persona representa de manera exclusiva
a un pueblo entero.
Bolivia necesita urgentemente formar nuevos cuadros políticos y
sociales. Jóvenes, mujeres, hombres, trabajadores, campesinos,
intelectuales, pueblos originarios y representantes de la diversidad
sexual y de género deben asumir espacios de conducción y
responsabilidad política.
No puede aceptarse la idea de que solamente un dirigente sea capaz
de conducir un proceso histórico. Ninguna revolución auténtica
puede depender indefinidamente de una sola figura. Cuando se instala
la lógica de que existe un único conductor posible, se corre el
riesgo de caer en formas de caudillismo incompatibles con la
construcción colectiva que plantea el marxismo.
La experiencia histórica demuestra que los grandes procesos
revolucionarios sobrevivieron cuando fueron capaces de formar nuevos
cuadros y nuevas generaciones de dirigentes. Los pueblos no pueden
quedar rehén de liderazgos permanentes ni de proyectos personales.
La revolución pertenece al pueblo organizado y no a individuos
particulares.
Crítica y
autocrítica
Uno de los principios fundamentales de los revolucionarios es la
crítica y la autocrítica.
Ningún dirigente es infalible.
Ninguna organización está libre de errores.
Ningún proceso revolucionario puede avanzar si transforma a sus
dirigentes en figuras intocables.
La capacidad de reconocer errores constituye una fortaleza
política y no una debilidad. Por el contrario, negar permanentemente
las equivocaciones conduce al estancamiento y a la repetición de los
mismos problemas.
La izquierda latinoamericana necesita recuperar la práctica de
analizar críticamente sus derrotas, sus limitaciones y sus errores
estratégicos, sin temor a los debates internos ni a la discusión
ideológica.
Las enseñanzas de Lenin en "¿Qué hacer?" destacan la
necesidad de construir organizaciones sólidas, cuadros preparados y
dirigentes capaces de actuar colectivamente. Por su parte, en "La
enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo", Lenin
advertía contra el sectarismo, el voluntarismo y las posiciones
extremas que terminan aislando a los revolucionarios de las masas
populares.
Muchos de los problemas actuales del movimiento popular boliviano
podrían analizarse precisamente a la luz de estas enseñanzas. La
confrontación permanente, la imposibilidad de construir consensos
internos y la tendencia a colocar los intereses de una figura por
encima de los intereses colectivos han generado un debilitamiento del
proyecto popular.
Un ejemplo a seguir
la construcción de la unidad popular
El histórico dirigente comunista uruguayo Rodney Arismendi fue
uno de los más importantes pensadores marxista-leninistas de América
Latina y uno de los principales arquitectos de la estrategia de
unidad popular que marcaría profundamente la historia política del
Uruguay.
Arismendi sostenía que:
"La revolución no es artículo de exportación ni de
importación."
Con esta formulación señalaba que los procesos revolucionarios
debían surgir de la realidad concreta de cada país, de sus
contradicciones específicas y de la capacidad de las fuerzas
populares para construir herramientas políticas adaptadas a las
condiciones nacionales.
Sin embargo, uno de sus aportes más trascendentes fue su
permanente defensa de la unidad de la izquierda, de los trabajadores
y de los movimientos sociales. En el histórico Congreso del Partido
Comunista del Uruguay de 1955, Arismendi impulsó una línea política
orientada a superar sectarismos, personalismos y divisiones
estériles, proponiendo la construcción de amplias alianzas
populares capaces de representar los intereses de los trabajadores,
estudiantes, campesinos, intelectuales y sectores progresistas.
De aquella estrategia surgieron importantes procesos de
acumulación política y social que marcaron la historia uruguaya. Se
fortaleció la unidad obrero-estudiantil, se desarrolló el trabajo
conjunto con la FEUU, con la FES, se impulsó el Frente Izquierda de
Liberación (FIDEL), se avanzó en la construcción de la Convención
Nacional de Trabajadores (CNT), se promovió el histórico Congreso
del Pueblo y finalmente se concretó uno de los mayores logros
políticos del movimiento popular latinoamericano: la fundación del
Frente Amplio en 1971.
La experiencia impulsada por Arismendi demostró que la
acumulación de fuerzas y la unidad popular constituyen herramientas
fundamentales para enfrentar a las clases dominantes y al
imperialismo. Su práctica política estuvo basada en la construcción
colectiva y no en el culto a la personalidad. Para Arismendi, los
dirigentes debían ser expresión de la organización popular y no
sustitutos de ella.
La historia de la izquierda uruguaya demuestra que fue posible
articular comunistas, socialistas, demócratas cristianos,
independientes, sindicalistas, estudiantes y múltiples corrientes
populares en torno a un proyecto común, sin renunciar a las
diferencias ideológicas pero priorizando los objetivos estratégicos
de transformación social.
Esta experiencia mantiene plena vigencia para Bolivia y para toda
América Latina. Frente a las divisiones internas, los personalismos
y las disputas caudillistas, el legado de Arismendi enseña que los
procesos populares sólo pueden avanzar mediante la unidad, la
formación permanente de cuadros políticos, la participación
democrática de las bases y la construcción de direcciones
colectivas.
La trayectoria de Arismendi constituye una demostración concreta
de la vigencia del pensamiento y de la práctica marxista-leninista
en América Latina. Su ejemplo muestra que la fortaleza de los
movimientos revolucionarios no radica en un solo líder, sino en la
capacidad de organizar al pueblo, formar nuevas generaciones de
dirigentes y construir herramientas políticas capaces de trascender
a los individuos.
Precisamente por ello, la experiencia uruguaya representa una
enseñanza para la realidad boliviana actual. Ningún proceso de
transformación puede depender exclusivamente de una sola persona.
Bolivia necesita abrir espacios para nuevos dirigentes jóvenes,
mujeres, hombres, trabajadores, campesinos, pueblos originarios y
representantes de la diversidad sexual, garantizando la renovación
generacional y política que permita fortalecer el movimiento popular
y asegurar su continuidad histórica.
La reflexión
León Trotsky sostuvo que toda revolución que pretenda mantenerse
viva necesita la participación consciente de las masas y una
permanente capacidad de renovación política. Su crítica a la
burocratización y al reemplazo de la participación popular por
decisiones concentradas en pequeños grupos constituye una reflexión
que continúa siendo objeto de debate dentro de las corrientes
socialistas y marxistas.
Más allá de las diferencias históricas entre distintas
corrientes de la izquierda, resulta valioso rescatar su advertencia
acerca de los peligros que surgen cuando las organizaciones políticas
pierden contacto con las bases sociales y sustituyen la participación
colectiva por decisiones personalistas.
Conclusión
Bolivia enfrenta una etapa decisiva de su historia.
La prioridad no debe ser la defensa de liderazgos individuales ni
la construcción de proyectos políticos alrededor de una sola
figura. La tarea central consiste en reconstruir la unidad popular,
fortalecer la democracia interna, desarrollar la crítica y la
autocrítica revolucionaria y formar nuevas generaciones de
dirigentes capaces de asumir responsabilidades políticas.
Es necesario abrir paso a jóvenes, mujeres, hombres,
trabajadores, campesinos, pueblos originarios, intelectuales y
representantes de la diversidad sexual y de género para garantizar
que el movimiento popular boliviano tenga continuidad histórica más
allá de cualquier liderazgo individual.
La experiencia de Lenin, de Arismendi y de numerosos procesos
revolucionarios demuestra que las transformaciones profundas sólo
son posibles cuando existe organización colectiva, unidad popular,
formación política y capacidad de renovación permanente.
Ningún dirigente es eterno.
Ningún dirigente es imprescindible.
Los pueblos son los verdaderos protagonistas de la historia.
La revolución pertenece al pueblo organizado y no a los
individuos.
Lic Ruben Suarez Director de RedContactoSur