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5/11/2023

Si China le cobra su deuda a EE.UU le hace un jaque a la hegemonía del dólar --------------------------------------------------------


Hasta ahora no ocurrió eso pero no creo que tarde mucho en que suceda. Es decir que la China decida  cobrar la deuda que los EE.UU tiene de 1 mil 59 billones de dólares con el gigante asiático, y que representa más de un tercio del total de la acreencia que tiene los EE.UU con otros países.


Se trata entonces de una decisión no sólo de orden económico, sino principalmente político, y que a decir de Lenin la política que viene siendo "economía concentrada"; esa hipotética decisión de China de cobrar su deuda a EE.UU. se traduciría en -y que está ya sucediendo además- que China no sólo ocuparía el lugar de potencia hegemónica en el mundo, y que ya lo es; sino que además se agravaría la crisis económica que ya viven los EE.UU., porque no tendría opción honrar sus deudas los norteamericanos. Es decir, China le hizo un  económico y geopolítico jaque a la hegemonía estadounidense.


Claro que la visión de China, y tal cual es su milenaria y paciente característica, está decisión se traducirá, como es lógico, en avanzar gradualmente en la posibilidad de que las naciones expresen su  voluntad de avazar en la construcción de una arquitectura global más democrática. 


Es por esta razón es que ya no se puede seguir sosteniendo el actual Orden Mundial Unipolar que va muriendo, y uno, Multipolar está naciendo; debido a que se han concentrado las contradicciones internas dentro el vejo Orden, y que en las de órden económico se constata que por conservar su poderío los EE.UU., está subsidiando una guerra como es la que ha derivado entre Rusia y Ucrania, y para la que la administración Biden ha aprobado en dos partidas el envío de siderales cifras al gobierno de Zelenski. La primera de 70 mil millones de dólares. La segunda de 40 mil millones, o sea son ya más de ¡110 mil millones de dólares!, destinados como apoyo a Ucrania para derrotar a Rusia.


Pero además la recesión económica es de tal magnitud que el sistema financiero norteamericanono no está fortalecido, tal como  ya ha dado esa muestras, después de la quiebra del banco Silicom Valley, y otros más que se prevee que se produzcan dado el casi inminente default al que se encamina la economía estadounidense, razón por la que el Gobierno de EE.UU. podría comenzar a quedarse sin dinero, si el Congreso no logra elevar el techo de la deuda para fin de mes.


Así ha dado a conocer la secretaria del Tesoro del país norteamericano, Janet Yellen, en una entrevista con CNBC, aclarando: "Eso es algo que podría producir un caos financiero, reduciría drásticamente la cantidad de gasto y significaría que los beneficiarios de la Seguridad Social y los veteranos y las personas que cuentan con dinero del Gobierno que se les debe, los contratistas, simplemente no tendríamos suficiente dinero para pagar las cuentas". Es más Yellen ha advertido que: "también correría el riesgo de socavar el liderazgo económico mundial de EE.UU. y plantear dudas sobre nuestra capacidad para defender nuestros intereses de seguridad nacional".


Las consecuencias de un default representaría que el producto interior bruto caería un 4 % y más de 7 millones de trabajadores perderían su empleo, según un informe de Moody's Analytics.


Por contrapartida la China ha comenzado a desarrollar una política de acercamiento con distintas economías de las regiones, ya sea como el caso de Arabia Saudita, India, Rusia, Brasil, Argentina y otras para el uso del yuan como una moneda alternativa al dólar; y que como es obvio no se producirá de la noche a la mañana, por cuanto llevará tiempo para hacerlo, y para ese efecto, la paciencia china será determinante.


Derribar deidades como el dios dinero no es tarea sencilla; más aún si es un dios tan idolatrado como el dólar, y que es más bien como una partida de ajedrez en la que el yuan ya le hizo un jaque y el mate dará el Nuevo Orden Multipolar.


Con citas de los portales Deuch Welle y Rusia Today.

Rolando Prudencio Briancon

Abogado




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El «Por ahora» tras las rejas: una guerrillera y la aurora bolivariana Geraldina Colotti Rebibbia, Sección de Alta Seguridad, 1992. Las paredes grises y el eco metálico de las puertas eran ahora el universo de la joven, otrora militante de las Brigadas Rojas. Su ideal de transformación social, forjado en la efervescencia de los llamados años de plomo, la había llevado a un camino de clandestinidad y, finalmente, después de sobrevivir a un tiroteo en el que los carabineros querían acabar con ellos, a esta celda fría donde el tiempo se medía en el parpadeo fluorescente del techo, en el olor de los libros sin cubierta –los únicos permitidos– , en la tinta de los periódicos que se podían encontrar, que manchaba los dedos, pero daba la ilusión de continuar con un hábito indispensable de los años de la guerrilla, cuando era esencial mantenerse informado sobre la situación política y los movimientos del enemigo. Y luego estaba el ritual de los noticieros, que afuera se escuchaban y comentaban juntos en las casas clandestinas. En la celda, ella los escuchaba sola, después de cerrar los libros o los cuadernos, y los comentaba maldiciendo en voz baja, para evitar que las guardias la tomaran por loca. En la pequeña pantalla, incrustada en el muro, las imágenes parpadeaban con la monotonía de siempre: política italiana enredada en escándalos, ecos lejanos de la caída del Muro, la omnipresente sombra de la Guerra del Golfo. Pero una tarde, una figura inesperada irrumpió en la rutina visual. Un militar joven, de uniforme verde oliva y boina roja, con una determinación palpable en la mirada, se dirigía a las cámaras tras un fallido intento de rebeldía en un país lejano llamado Venezuela: «El típico golpe de estado del típico gorila latinoamericano», había comentado el cronista. Pero ella, curtida en el análisis político y la lectura entre líneas, sintió una punzada de curiosidad. Las palabras del comandante, un tal Hugo Chávez, resonaron en el aire viciado del encierro: «Por ahora». Una promesa suspendida, una derrota que no era final. En ese «por ahora», la brigadista sentenciada, vislumbró una chispa, un eco distante de la rebeldía que creía extinguida en los laberintos de su encierro carcelario, mientras se iba imponiendo la narrativa posmoderna del fin de las ideologías y de toda esperanza de cambio para las clases populares. Años después, las rejas de Rebibbia comenzaron a ceder levemente. Gracias a permisos de trabajo externo, la brigadista experimentó el contraste brutal entre la rigidez del encierro y la relativa libertad del mundo exterior, pero bajo una censura y un control igualmente brutal, de un sistema cómplice para el cual solo eran peligrosos terroristas a silenciar. Trabajaba en un pequeño periódico de izquierda, en medio de “sobrinos políticos” que apenas soportaban sus elecciones, y menos aún los constantes controles armados de las fuerzas policiales. Fue allí donde la figura de Chávez y su Revolución Bolivariana comenzaron a tomar forma, nutriéndose de retazos de noticias, comentarios sesgados y la persistente propaganda negativa que los medios occidentales vertían sobre el proceso venezolano, aderezada incluso con apreciaciones racistas. Para la brigadista, que ahora empuñaba el teclado como antes las armas, la distorsión informativa era una vieja conocida. Reconocía las estrategias de demonización, la simplificación burda de procesos complejos, la omisión sistemática de las voces populares. La Revolución Bolivariana era presentada como una deriva autoritaria, un régimen populista abocado al fracaso, una amenaza para la «democracia» y el «orden internacional». Pero la imagen del joven comandante diciendo «por ahora» seguía grabada en su memoria. Había algo genuino en esa derrota anunciada, una conexión palpable con un pueblo que parecía hastiado de la vieja política. Ahora, desde su segunda vida, la brigadista comenzó una silenciosa labor de contrainformación. Devoraba artículos académicos, buscaba fuentes alternativas en internet (una tecnología aún incipiente pero reveladora), analizaba los discursos de Chávez con la misma meticulosidad con la que antes planificaba acciones clandestinas. En la redacción, junto a los pocos que mantenían un juicio abierto sobre la revolución bolivariana, aprovechaba cualquier resquicio para deslizar comentarios que cuestionaban la narrativa dominante. Con sus colegas, debatía sobre la nacionalización del petróleo, los programas sociales masivos, la participación popular en la política venezolana. Su mirada analítica, entrenada en la crítica radical, detectaba las inconsistencias y las manipulaciones de la propaganda anti-bolivariana. Del contacto con las embajadas, llegaban noticias de primera mano, diferentes a las difundidas por las agencias de prensa. No se trataba de una conversión automática ni de una adhesión ciega. Como revolucionaria del siglo XX, y como marxista de escuela europea, ella conservaba su espíritu crítico y sus reservas sobre ciertos aspectos del proceso, sobre todo sobre el tema de la toma del poder y de la falta de expropiación de la burguesía. Pero reconocía en la Revolución Bolivariana un intento real, aunque imperfecto, de desafiar el statu quo, de dar voz a los excluidos, de construir una alternativa al neoliberalismo rampante que asolaba el planeta. Para la brigadista que vio una promesa tras las rejas, la Revolución Bolivariana se había convertido en una interrogante crucial. Ya no se trataba de la lucha armada en las calles italianas, sino de una batalla más sutil, pero igualmente trascendente: la lucha por la verdad contra el imperio de la desinformación. Y en esa trinchera, con las herramientas de su formación política y de su actual profesión, comenzaba a desenmascarar las sombras proyectadas sobre la esperanza que había germinado de un simple «por ahora» pronunciado al otro lado del Atlántico. Su «por ahora» personal se había transformado en una búsqueda incansable por comprender y difundir la complejidad de un proceso revolucionario que resonaba con ecos de sus propios sueños inconclusos. Por eso, jamás, en ningún momento, abandonaría la revolución bolivariana. “Por ahora”. Y para siempre. Cuando la militante terminó su condena y pudo viajar, vivió de cerca la fuerza del Chávez orador y comunicador de la historia. No solo transmitía directrices políticas; narraba la epopeya bolivariana, conectando el presente de la Revolución con las gestas independentistas de Simón Bolívar. Chávez usó la comunicación como una herramienta pedagógica para elevar la conciencia de clase, forjar la identidad soberana y recordar al pueblo sus raíces de lucha. Su insistencia en la historia no era nostalgia, sino un recordatorio constante de que la lucha contra el imperialismo y la oligarquía era un ciclo que se repetía, y que la victoria dependía de la unidad y la voluntad popular. Esta conexión histórica resulta vital para entender la opción revolucionaria en el siglo XXI. Para la ex guerrillera, formada en la militancia radical europea, la experiencia de la Revolución Bolivariana - aunque sin dictatura del proletariado - devolvía la vigencia a la necesitad de la ruptura radical. El siglo XX, con sus intentos de toma del poder por la vía armada, como fue el caso de la guerrilla urbana en Italia, representa una fase histórica cuyas lecciones deben ser comunicadas y analizadas sin los filtros de la condena oficial. Estas experiencias, si bien no siempre exitosas o exentas de errores, demostraron la disposición de algunos sectores a llevar la lucha de clases a sus últimas consecuencias. Comunicar esta historia en el presente no es hacer apología de la violencia, sino recordar que la oligarquía y los grandes grupos económicos jamás cederán su poder voluntariamente. La firmeza revolucionaria es una necesidad histórica. La opción revolucionaria, comunicada y mantenida como principio, es lo que da a un líder la fuerza moral y política para no ceder. Chávez lo demostró: nunca se doblegó ante los diktat de Washington porque mantenía la soberanía como un valor no negociable. Una lección aprendida de la historia, que Nicolás Maduro, otro gran comunicador popular, sigue enseñando con la misma determinación y valentía: más aún en este momento en que, como prisionero de guerra del imperialismo estadounidense, nos envía el símbolo de la firma de Chávez, para renovar de este modo la promesa del “por ahora”.

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