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5/11/2023

Vicepresidente Choquehuanca plantea utilizar la tecnología como aliada para aportar a la cultura de la vida*

 *Vicepresidente Choquehuanca plantea utilizar la tecnología como aliada para aportar a la cultura de la vida*


*VPEP/ El Alto.-* El Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, Jilata David Choquehuanca Céspedes, participó de la  conferencia  magistral denominada  “5G su impacto en el gobierno y la economía digital” que se dictó en el  Paraninfo de la Universidad Pública de El Alto – UPEA,  la mañana de este  jueves. 


Del evento, participaron autoridades, plantel docente y estudiantes de la UPEA, quienes recibieron información respecto a las aplicaciones de gran impacto que generará la implementación de una red 5G en Latinoamérica. Así mismo, se explicó cómo estas aplicaciones (Realidad virtual, Realidad aumentada, Internet inalámbrico al hogar, Ciudades inteligentes, Transmisiones de video 4k en vivo, Telemedicina, industria, comercio y servicios en la nube, entre otros) pueden mejorar la vida de las personas en   países de la región. 


Durante su intervención, el Jilata destacó el evento que se realizó en el marco de la firma de convenio entre la Agencia para el Desarrollo de la Sociedad de la Información en Bolivia – ADSIB (dependiente de la Vicepresidencia), la Escuela de Gestión Pública – EGPP y Huawei Technologies.


“El tiempo ha llegado para construir relaciones de complementariedad, no solamente entre instituciones como la universidad, instituciones del gobierno, organizaciones internacionales, otras universidades, o los hermanos de Huawei; sino, el tiempo ha llegado para construir relaciones de complementariedad con nuestra Madre Tierra y para volver a nuestro ayllu (sistema de organización de vida)”, manifestó el Vicepresidente. 


Choquehuaca considera trascendental   que la comunidad universitaria obtenga mayores insumos en favor de su preparación, situación que se hace posible con este tipo de capacitaciones en el tránsito a un mundo totalmente conectado que permitirá romper barreras tecnológicas, uniendo a ciudadanos y ciudadanas bolivianas con el resto del planeta.


“Con los hermanos de China, somos parte de culturas milenarias, varios países somos parte de las culturas milenarias. Bolivia pertenece a esas culturas milenarias que no van a desaparecer, es más, se están levantando con fuerza porque somos de wiñay marka (pueblo eterno). Somos hermanos todos los que hemos resistido al occidente, por eso es importante esta alianza que estamos construyendo con los hermanos de China”, señaló. 


Asimismo, reflexionó respecto al papel que juega la tecnología en nuestra sociedad y cuán importante es darle un uso adecuado.  “La tecnología tenemos que utilizarla para aportar a la reconstrucción de la cultura de la vida y hermandad. La tecnología no nos tiene que alejar de nuestra cultura, no nos tiene que desnaturalizar, tiene que alimentar nuestro saphi (raíz), nos tiene que ayudar para volver a nuestro ñandereco (forma de ser)", explicó.


Por otra parte, la autoridad también señaló que es un fiel convencido de que la “respuesta a la crisis global del capitalismo” se encuentra en las “culturas milenarias”. “Todo está en crisis, nada está bien, vivimos tiempos de Apocalipsis, tiempo del Décimo Pachakuti lo llamamos nosotros, tiempo de revelación de la verdad, tiempo de crisis civilizatoria de occidente, y estos tiempos de crisis son provocados por el modelo de desarrollo occidental capitalista, por eso nuestra lucha contra el capitalismo”, enfatizó. 


De la misma forma, el vicepresidente explicó que “ningún país, por más desarrollado que sea, tiene la capacidad de enfrentar de manera aislada” las crisis que ha generado el modelo capitalista y “eso nos lo ha mostrado la crisis sanitaria”. Además, mencionó que tener acceso a la información y ciencia nos debe ayudar a construir “la hermandad continental y mundial”, dejando de ser individualistas, despertando nuestro larama (rebelde con sabiduría) y qawana (mirar más allá de lo que nuestros ojos ven).


El 5G, la quinta generación de redes móviles, cuyo despliegue en la región de Latinoamérica se acelera cada año, más respecto a sus generaciones predecesoras, se encuentra directamente vinculada a desencadenar la cuarta revolución industrial. La conectividad ya no será más un cuello de botella para desplegar de manera masiva aplicaciones que tengan como base la inteligencia artificial, el internet de las cosas y Big Data. Con la aplicación del 5G se espera transformar la manera en que las personas viven, trabajan y se relacionan.




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El «Por ahora» tras las rejas: una guerrillera y la aurora bolivariana Geraldina Colotti Rebibbia, Sección de Alta Seguridad, 1992. Las paredes grises y el eco metálico de las puertas eran ahora el universo de la joven, otrora militante de las Brigadas Rojas. Su ideal de transformación social, forjado en la efervescencia de los llamados años de plomo, la había llevado a un camino de clandestinidad y, finalmente, después de sobrevivir a un tiroteo en el que los carabineros querían acabar con ellos, a esta celda fría donde el tiempo se medía en el parpadeo fluorescente del techo, en el olor de los libros sin cubierta –los únicos permitidos– , en la tinta de los periódicos que se podían encontrar, que manchaba los dedos, pero daba la ilusión de continuar con un hábito indispensable de los años de la guerrilla, cuando era esencial mantenerse informado sobre la situación política y los movimientos del enemigo. Y luego estaba el ritual de los noticieros, que afuera se escuchaban y comentaban juntos en las casas clandestinas. En la celda, ella los escuchaba sola, después de cerrar los libros o los cuadernos, y los comentaba maldiciendo en voz baja, para evitar que las guardias la tomaran por loca. En la pequeña pantalla, incrustada en el muro, las imágenes parpadeaban con la monotonía de siempre: política italiana enredada en escándalos, ecos lejanos de la caída del Muro, la omnipresente sombra de la Guerra del Golfo. Pero una tarde, una figura inesperada irrumpió en la rutina visual. Un militar joven, de uniforme verde oliva y boina roja, con una determinación palpable en la mirada, se dirigía a las cámaras tras un fallido intento de rebeldía en un país lejano llamado Venezuela: «El típico golpe de estado del típico gorila latinoamericano», había comentado el cronista. Pero ella, curtida en el análisis político y la lectura entre líneas, sintió una punzada de curiosidad. Las palabras del comandante, un tal Hugo Chávez, resonaron en el aire viciado del encierro: «Por ahora». Una promesa suspendida, una derrota que no era final. En ese «por ahora», la brigadista sentenciada, vislumbró una chispa, un eco distante de la rebeldía que creía extinguida en los laberintos de su encierro carcelario, mientras se iba imponiendo la narrativa posmoderna del fin de las ideologías y de toda esperanza de cambio para las clases populares. Años después, las rejas de Rebibbia comenzaron a ceder levemente. Gracias a permisos de trabajo externo, la brigadista experimentó el contraste brutal entre la rigidez del encierro y la relativa libertad del mundo exterior, pero bajo una censura y un control igualmente brutal, de un sistema cómplice para el cual solo eran peligrosos terroristas a silenciar. Trabajaba en un pequeño periódico de izquierda, en medio de “sobrinos políticos” que apenas soportaban sus elecciones, y menos aún los constantes controles armados de las fuerzas policiales. Fue allí donde la figura de Chávez y su Revolución Bolivariana comenzaron a tomar forma, nutriéndose de retazos de noticias, comentarios sesgados y la persistente propaganda negativa que los medios occidentales vertían sobre el proceso venezolano, aderezada incluso con apreciaciones racistas. Para la brigadista, que ahora empuñaba el teclado como antes las armas, la distorsión informativa era una vieja conocida. Reconocía las estrategias de demonización, la simplificación burda de procesos complejos, la omisión sistemática de las voces populares. La Revolución Bolivariana era presentada como una deriva autoritaria, un régimen populista abocado al fracaso, una amenaza para la «democracia» y el «orden internacional». Pero la imagen del joven comandante diciendo «por ahora» seguía grabada en su memoria. Había algo genuino en esa derrota anunciada, una conexión palpable con un pueblo que parecía hastiado de la vieja política. Ahora, desde su segunda vida, la brigadista comenzó una silenciosa labor de contrainformación. Devoraba artículos académicos, buscaba fuentes alternativas en internet (una tecnología aún incipiente pero reveladora), analizaba los discursos de Chávez con la misma meticulosidad con la que antes planificaba acciones clandestinas. En la redacción, junto a los pocos que mantenían un juicio abierto sobre la revolución bolivariana, aprovechaba cualquier resquicio para deslizar comentarios que cuestionaban la narrativa dominante. Con sus colegas, debatía sobre la nacionalización del petróleo, los programas sociales masivos, la participación popular en la política venezolana. Su mirada analítica, entrenada en la crítica radical, detectaba las inconsistencias y las manipulaciones de la propaganda anti-bolivariana. Del contacto con las embajadas, llegaban noticias de primera mano, diferentes a las difundidas por las agencias de prensa. No se trataba de una conversión automática ni de una adhesión ciega. Como revolucionaria del siglo XX, y como marxista de escuela europea, ella conservaba su espíritu crítico y sus reservas sobre ciertos aspectos del proceso, sobre todo sobre el tema de la toma del poder y de la falta de expropiación de la burguesía. Pero reconocía en la Revolución Bolivariana un intento real, aunque imperfecto, de desafiar el statu quo, de dar voz a los excluidos, de construir una alternativa al neoliberalismo rampante que asolaba el planeta. Para la brigadista que vio una promesa tras las rejas, la Revolución Bolivariana se había convertido en una interrogante crucial. Ya no se trataba de la lucha armada en las calles italianas, sino de una batalla más sutil, pero igualmente trascendente: la lucha por la verdad contra el imperio de la desinformación. Y en esa trinchera, con las herramientas de su formación política y de su actual profesión, comenzaba a desenmascarar las sombras proyectadas sobre la esperanza que había germinado de un simple «por ahora» pronunciado al otro lado del Atlántico. Su «por ahora» personal se había transformado en una búsqueda incansable por comprender y difundir la complejidad de un proceso revolucionario que resonaba con ecos de sus propios sueños inconclusos. Por eso, jamás, en ningún momento, abandonaría la revolución bolivariana. “Por ahora”. Y para siempre. Cuando la militante terminó su condena y pudo viajar, vivió de cerca la fuerza del Chávez orador y comunicador de la historia. No solo transmitía directrices políticas; narraba la epopeya bolivariana, conectando el presente de la Revolución con las gestas independentistas de Simón Bolívar. Chávez usó la comunicación como una herramienta pedagógica para elevar la conciencia de clase, forjar la identidad soberana y recordar al pueblo sus raíces de lucha. Su insistencia en la historia no era nostalgia, sino un recordatorio constante de que la lucha contra el imperialismo y la oligarquía era un ciclo que se repetía, y que la victoria dependía de la unidad y la voluntad popular. Esta conexión histórica resulta vital para entender la opción revolucionaria en el siglo XXI. Para la ex guerrillera, formada en la militancia radical europea, la experiencia de la Revolución Bolivariana - aunque sin dictatura del proletariado - devolvía la vigencia a la necesitad de la ruptura radical. El siglo XX, con sus intentos de toma del poder por la vía armada, como fue el caso de la guerrilla urbana en Italia, representa una fase histórica cuyas lecciones deben ser comunicadas y analizadas sin los filtros de la condena oficial. Estas experiencias, si bien no siempre exitosas o exentas de errores, demostraron la disposición de algunos sectores a llevar la lucha de clases a sus últimas consecuencias. Comunicar esta historia en el presente no es hacer apología de la violencia, sino recordar que la oligarquía y los grandes grupos económicos jamás cederán su poder voluntariamente. La firmeza revolucionaria es una necesidad histórica. La opción revolucionaria, comunicada y mantenida como principio, es lo que da a un líder la fuerza moral y política para no ceder. Chávez lo demostró: nunca se doblegó ante los diktat de Washington porque mantenía la soberanía como un valor no negociable. Una lección aprendida de la historia, que Nicolás Maduro, otro gran comunicador popular, sigue enseñando con la misma determinación y valentía: más aún en este momento en que, como prisionero de guerra del imperialismo estadounidense, nos envía el símbolo de la firma de Chávez, para renovar de este modo la promesa del “por ahora”.

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