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5/10/2023

Uruguay Memorias del Lacallato

 



Por Enrique Ortega Salinas. Via Caras y Caretas


Luis Lacalle Herrera vuelve a agitar los fantasmas de la "izquierda conservadora"


“Con los blancos se vive mejor. Pocos gobiernos; pero buenos.”


Es increíble cómo los derechistas se autoconvencen de lo geniales que son.


La frase del expresidente herrerista, dicha en una entrevista anunciando el lanzamiento de un nuevo libro, sobrepasa todos los límites, tanto del cinismo como de la imaginación.


Pongamos a trabajar un poco la adormecida memoria de los orientales.



Blancos baratos

Nadie que haya conocido a Wilson Ferreira Aldunate debería tener dudas en cuanto a quiénes se refería al referirse a los “blancos baratos”. Por más datos, hoy están en el poder, y si el líder nacionalista resucitara, los sacaría a latigazos de la casa de gobierno, tal como Jesús hizo con los comerciantes del templo.


Wilson no ocultó nunca su absoluto desprecio por Luis Lacalle.


En 1971, y pese a que Wilson impugnó las elecciones, Lacalle dijo a los medios de comunicación: “Ganó la democracia”. La respuesta de Wilson fue tajante: “El que votó por mí no votó por el Partido Colorado. Eso de que ganó la democracia es un cuento chino”.


Cualquier blanco de buena memoria recordará que Lacalle desobedeció al directorio cuando nos encaminábamos a la dictadura e integró un grupo que negoció cargos con el poder. Fue ahí cuando Wilson dijo la célebre frase: “Nosotros sabemos que hay blancos baratos que se quieren vender”.


Tanto Lacalle I como Lacalle II suelen despacharse cada dos por tres contra la “dictadura de Venezuela” y esperan que olvidemos que, tras la muerte del dictador y asesino Francisco Franco, Luis Alberto Lacalle fue a la Embajada de España para firmar el libro de condolencias y, antes de ingresar, extendió su brazo derecho y cantó el himno franquista “Cara al Sol”.


Cuando murió Mario Heber en 1980, Lacalle pidió ocupar su lugar en la Comisión de Asuntos Políticos del Partido Nacional; pero Wilson se opuso y prefirió dejar vacante el cargo hasta que un acuerdo determinó que Jorge Silveira Zavala fuera quien completara el triunvirato sumándose a Carlos Julio Pereyra y Dardo Ortiz. Debido a este desplante, Lacalle optó por votar ‘sí’ a la reforma constitucional planteada por la dictadura con el fin de legitimarla, pese a que la Comisión de Asuntos Políticos había decidido lo contrario. Tan decidido estaba a traicionar a su patria que lo declaró públicamente en CX 8 radio Sarandí. Tal como contó Zumarán y un grupo de amigos de Fernando Oliú en una carta pública, tuvo que cambiar de postura a regañadientes tras una reunión con Pivel Devoto.


Cuando Wilson creó ACF (Adelante Con Fe), uniendo para las elecciones internas al Movimiento Nacional de Rocha con Por la Patria, también se negó al pedido de Lacalle de ocupar el tercer lugar de la lista. Ya en la campaña de 1984 se dio la famosa “bajada del colectivo”. Wilson dijo que si quería apoyar a Zumarán, que lo hiciera; pero que hiciera su propia campaña.


Cuentan viejos blancos que cuando Wilson murió y en el directorio del Partido Nacional se comenzaron a planificar los detalles del funeral, Lacalle se retiró diciendo: “Disculpen, igual el muerto es de ustedes”.


Ahora, considerando que el hijo ha dado pruebas irrefutables de que es igual o peor que el padre, cabe preguntarse cuántos wilsonistas auténticos quedarán en el Partido Nacional actualmente.


 


El quinquenio infame

Recuerdo muy bien el gobierno de Luis Alberto Lacalle de Herrera. Entre 1990 y 1995 los herreristas cometieron tantos hechos irregulares que nos faltará espacio para detallarlos; pero aquí van algunos.


En 1996, el juez Ruben Eguliz y el fiscal José Luis Barbagelata iniciaron una investigación que involucró al expresidente y a su entorno. El hecho fue que Lacalle contrató en nombre del Poder Ejecutivo a Rosario Pou, prima hermana de su esposa Julia Pou, para coordinar un proyecto forestal con fondos del Banco Mundial. La mayor parte de las 1.762 hectáreas que hasta ese año poseía la familia fueron forestadas durante el gobierno herrerista. Desde la Dirección Forestal, que gestionaba Rosario Pou, se tomaron medidas que favorecieron económicamente al expresidente y su entorno. La denuncia salpicó también a uno de los más cercanos colaboradores del expresidente, Luis Alberto Heber (actual ministro del Interior) quien habría constituido una sociedad agropecuaria y forestal con Rosario Pou en 1991. Como la productividad de los campos del entorno presidencial no les habilitaba el acceso a préstamos y subsidios por parte del Estado con fines de forestación, desde la Dirección Forestal y el Poder Ejecutivo se tomaron medidas administrativas entre 1993 y 1994 para solucionar el problema.


Según el semanario Brecha, Lacalle tendría el doble de las hectáreas que había declarado poseer, lo que llevó al malvado ingenio popular a apodar al exmandatario como “Aloe”, porque todos los días se le descubría una nueva propiedad. Recuerdo a otro blanco, Juan Andrés Ramírez, exministro del Interior blanco y luego candidato presidencial, acusándolo de ocultar bienes y teñir de corrupción aquella gestión.


Ahora, es raro que Lacalle publique un libro sobre política y escriba para el diario El País sobre política y firme declaraciones políticas junto a expresidentes de derecha y ultraderecha, porque cuando Pablo García Pintos confesó que siendo director del BROU robaba dinero al Estado con su tarjeta corporativa para incrementar las arcas del Partido Nacional y una periodista le pidió explicaciones al expresidente, Lacalle, visiblemente molesto con ella, respondió que estaba retirado de la política.


Recuerdo que un día, siendo candidato a la presidencia, lo entrevisté y prometió subir los salarios de policías y maestros porque “una sociedad que se precie de privilegiada no puede tener a los policías y maestros mal pagados”, agregando “y vamos a ver qué hacemos por las radios del interior, que están tan desprotegidas”. Por supuesto que no cumplió nada de lo prometido; los policías le hicieron una huelga, las radios del interior hicieron un comunicado criticándolo por la manera en que manejaba los recursos para publicidad despreciando al interior y una maestra subió al escenario durante un acto oficial y, en silencio, le depositó una túnica blanca en las manos, retirándose sin decir palabra y dejando al presidente con cara de perro y sin poder explicar la pérdida de salario real en el magisterio durante su mandato.


Recuerdo que en 1994 adjudicó canales de TV cable a partidarios blancos. El amiguismo siempre presente con los herreristas.


Recuerdo la reducción de las tasas arancelarias que destruyó la industria nacional, aunque florecieron las offshore y varios curros al mejor estilo de las republiquetas bananeras. La industria manufacturera, que representaba el 25% del PIB, bajó al 16% con las políticas neoliberales herreristas y se perdieron 90.000 empleos. Recuerdo la huelga obrera de 1993, la más larga de la historia: 83 días.


Recuerdo el turbio negociado con Focoex y los expedientes comidos por ratones para que la Justicia no pudiera acceder a ellos, el apaleamiento de trabajadores, la masacre del Filtro, la explotación laboral de los peones rurales, los menores tirados en el Consejo del Niño como si fueran delincuentes, recuerdo el Uruguay en que solo entrabas a un empleo público si pertenecías al partido de gobierno y las jubilaciones conseguidas con o sin aportes a cambio de la militancia en un partido tradicional.


Recuerdo al chileno Eugenio Berríos, secuestrado por quien es hoy la mano derecha de Guido Manini Ríos en Cabildo Abierto, el Teniente Coronel (r) Eduardo Radaelli. Lo veo huyendo desesperado y pidiendo ayuda a los policías, quienes en lugar de salvarlo lo entregaron nuevamente a los militares que lo asesinarían. Por ese operativo cayeron el jefe de Policía de Canelones, coronel Ramón Rivas y el jefe de Inteligencia del Ejército, general Mario Aguerrondo (h).


Recuerdo al contador Enrique Braga (ministro de Economía entre 1990 y 1992 y presidente del BCU desde 1993 a 1995) y al doctor Daniel Cambón (exsecretario de Lacalle), condenados por el escándalo de la venta del Banco Pan de Azúcar, escándalo que también involucró, aunque sin mayores consecuencias, a Julia Pou. Por lo del BPA también cayó Stephane Benhamou, y recuerdo a Julio Grenno, expresidente del Banco de Seguros (procesado por abuso de funciones, igual que Braga) y a Iván Coronel, exdirector de AFE, procesado por fraude.


Recuerdo a Teódilo Maciel, exempleado de Igor Svetogorzky, denunciando 89 reuniones entre el empresario comprador de influencias y quien fuera ministro de Transporte y Obras Públicas de Lacalle, Juan Carlos Raffo. En varias de las reuniones, el empresario habría entregado dinero que el mismo denunciante ensobraba. Según Maciel, se trataba de pagos por favores o actos indebidos. En cuanto a las reuniones, quedaron plasmadas en la agenda del empresario.


Recuerdo a Lacalle dejando caer a las empresas públicas para promover su privatización y la histórica gesta de los orientales que salieron a juntar firmas y luego le tumbaron en las urnas la ley que permitía entregar nuestros bienes más preciados. Recuerdo su intento por limitar la actividad sindical, a la cual odia profundamente, y la eliminación de los Consejos de Salarios. Recuerdo que Lacalle inició la práctica de los crueles ajustes fiscales, que repetirían después Julio María Sanguinetti y Jorge Batlle, siempre para joder a los de abajo.


Por esto y más, muchísimo más, cuando su propio hijo se postuló a la presidencia, el equipo de campaña le pidió (dicho por él) que “no se metiera”. Incluso la campaña que le permitió el triunfo se focalizó en su nombre, Luis, obviando su apellido, debido al lastre que implicaba el mismo luego de aquel quinquenio infame.


De todas maneras, la historia vuelve a repetirse. La Policía del actual presidente vigila y fotografía a quienes juntan firmas contra la LUC, mientras que el ministro afirma que lo hacen para protegerlos. Lacalle Pou está aliado con Cabildo Abierto, madriguera de los defensores de la dictadura y violadores de derechos humanos. Si para muestra basta un botón, esta semana se vio obligada a renunciar a su cargo la jefa del Departamento de Adulto Mayor y Discapacidad, Susana Núñez, en Rocha, el mismo lugar donde se presiona a quienes juntan firmas. La jerarca, tras la muerte del violador, torturador y asesino José Nino Gavazzo, había realizado una apología del criminal, afirmando que “nos ayudó a vivir libres de dictaduras comunistas”.


Por otra parte, Mercedes Aramendía, presidenta de la Unidad Reguladora de Comunicaciones (Ursec) acaba de regalar 6.500.000 dólares a las telefónicas privadas al rebajar drásticamente lo que deben pagar por el uso de redes ajenas, lo que perjudica directamente a Antel, que fue la que invirtió en la infraestructura de esas redes, y beneficia a su competencia en telefonía móvil. Aparte de Claro, la otra beneficiaria es Movistar, en la que, casualmente, Mercedes Aramendía ocupó un alto cargo.


Esto fue y es el herrerismo.


Tanto el padre como el hijo eluden autodefinirse como derechistas. Lacalle de Herrera dice lo mismo que Mirtha Legrand: que los términos izquierda y derecha son vetustos. Sin embargo, cuando a nivel internacional pensamos en representantes de la derecha, no podemos evitar pensar en Carlos Saúl Menem, George Bush, Donald Trump, Jair Bolsonaro, Iván Duque y los Lacalle. Es que en el fondo saben lo que son y los intereses que defienden y quizá, tal vez, en el fondo, muy en el fondo, sientan un poco de vergüenza que les lleva a negar su condición.


Esto fue y es el herrerismo. Si están nuevamente en el poder, es por la increíble capacidad de los uruguayos de tropezar dos veces con la misma piedra.



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El «Por ahora» tras las rejas: una guerrillera y la aurora bolivariana Geraldina Colotti Rebibbia, Sección de Alta Seguridad, 1992. Las paredes grises y el eco metálico de las puertas eran ahora el universo de la joven, otrora militante de las Brigadas Rojas. Su ideal de transformación social, forjado en la efervescencia de los llamados años de plomo, la había llevado a un camino de clandestinidad y, finalmente, después de sobrevivir a un tiroteo en el que los carabineros querían acabar con ellos, a esta celda fría donde el tiempo se medía en el parpadeo fluorescente del techo, en el olor de los libros sin cubierta –los únicos permitidos– , en la tinta de los periódicos que se podían encontrar, que manchaba los dedos, pero daba la ilusión de continuar con un hábito indispensable de los años de la guerrilla, cuando era esencial mantenerse informado sobre la situación política y los movimientos del enemigo. Y luego estaba el ritual de los noticieros, que afuera se escuchaban y comentaban juntos en las casas clandestinas. En la celda, ella los escuchaba sola, después de cerrar los libros o los cuadernos, y los comentaba maldiciendo en voz baja, para evitar que las guardias la tomaran por loca. En la pequeña pantalla, incrustada en el muro, las imágenes parpadeaban con la monotonía de siempre: política italiana enredada en escándalos, ecos lejanos de la caída del Muro, la omnipresente sombra de la Guerra del Golfo. Pero una tarde, una figura inesperada irrumpió en la rutina visual. Un militar joven, de uniforme verde oliva y boina roja, con una determinación palpable en la mirada, se dirigía a las cámaras tras un fallido intento de rebeldía en un país lejano llamado Venezuela: «El típico golpe de estado del típico gorila latinoamericano», había comentado el cronista. Pero ella, curtida en el análisis político y la lectura entre líneas, sintió una punzada de curiosidad. Las palabras del comandante, un tal Hugo Chávez, resonaron en el aire viciado del encierro: «Por ahora». Una promesa suspendida, una derrota que no era final. En ese «por ahora», la brigadista sentenciada, vislumbró una chispa, un eco distante de la rebeldía que creía extinguida en los laberintos de su encierro carcelario, mientras se iba imponiendo la narrativa posmoderna del fin de las ideologías y de toda esperanza de cambio para las clases populares. Años después, las rejas de Rebibbia comenzaron a ceder levemente. Gracias a permisos de trabajo externo, la brigadista experimentó el contraste brutal entre la rigidez del encierro y la relativa libertad del mundo exterior, pero bajo una censura y un control igualmente brutal, de un sistema cómplice para el cual solo eran peligrosos terroristas a silenciar. Trabajaba en un pequeño periódico de izquierda, en medio de “sobrinos políticos” que apenas soportaban sus elecciones, y menos aún los constantes controles armados de las fuerzas policiales. Fue allí donde la figura de Chávez y su Revolución Bolivariana comenzaron a tomar forma, nutriéndose de retazos de noticias, comentarios sesgados y la persistente propaganda negativa que los medios occidentales vertían sobre el proceso venezolano, aderezada incluso con apreciaciones racistas. Para la brigadista, que ahora empuñaba el teclado como antes las armas, la distorsión informativa era una vieja conocida. Reconocía las estrategias de demonización, la simplificación burda de procesos complejos, la omisión sistemática de las voces populares. La Revolución Bolivariana era presentada como una deriva autoritaria, un régimen populista abocado al fracaso, una amenaza para la «democracia» y el «orden internacional». Pero la imagen del joven comandante diciendo «por ahora» seguía grabada en su memoria. Había algo genuino en esa derrota anunciada, una conexión palpable con un pueblo que parecía hastiado de la vieja política. Ahora, desde su segunda vida, la brigadista comenzó una silenciosa labor de contrainformación. Devoraba artículos académicos, buscaba fuentes alternativas en internet (una tecnología aún incipiente pero reveladora), analizaba los discursos de Chávez con la misma meticulosidad con la que antes planificaba acciones clandestinas. En la redacción, junto a los pocos que mantenían un juicio abierto sobre la revolución bolivariana, aprovechaba cualquier resquicio para deslizar comentarios que cuestionaban la narrativa dominante. Con sus colegas, debatía sobre la nacionalización del petróleo, los programas sociales masivos, la participación popular en la política venezolana. Su mirada analítica, entrenada en la crítica radical, detectaba las inconsistencias y las manipulaciones de la propaganda anti-bolivariana. Del contacto con las embajadas, llegaban noticias de primera mano, diferentes a las difundidas por las agencias de prensa. No se trataba de una conversión automática ni de una adhesión ciega. Como revolucionaria del siglo XX, y como marxista de escuela europea, ella conservaba su espíritu crítico y sus reservas sobre ciertos aspectos del proceso, sobre todo sobre el tema de la toma del poder y de la falta de expropiación de la burguesía. Pero reconocía en la Revolución Bolivariana un intento real, aunque imperfecto, de desafiar el statu quo, de dar voz a los excluidos, de construir una alternativa al neoliberalismo rampante que asolaba el planeta. Para la brigadista que vio una promesa tras las rejas, la Revolución Bolivariana se había convertido en una interrogante crucial. Ya no se trataba de la lucha armada en las calles italianas, sino de una batalla más sutil, pero igualmente trascendente: la lucha por la verdad contra el imperio de la desinformación. Y en esa trinchera, con las herramientas de su formación política y de su actual profesión, comenzaba a desenmascarar las sombras proyectadas sobre la esperanza que había germinado de un simple «por ahora» pronunciado al otro lado del Atlántico. Su «por ahora» personal se había transformado en una búsqueda incansable por comprender y difundir la complejidad de un proceso revolucionario que resonaba con ecos de sus propios sueños inconclusos. Por eso, jamás, en ningún momento, abandonaría la revolución bolivariana. “Por ahora”. Y para siempre. Cuando la militante terminó su condena y pudo viajar, vivió de cerca la fuerza del Chávez orador y comunicador de la historia. No solo transmitía directrices políticas; narraba la epopeya bolivariana, conectando el presente de la Revolución con las gestas independentistas de Simón Bolívar. Chávez usó la comunicación como una herramienta pedagógica para elevar la conciencia de clase, forjar la identidad soberana y recordar al pueblo sus raíces de lucha. Su insistencia en la historia no era nostalgia, sino un recordatorio constante de que la lucha contra el imperialismo y la oligarquía era un ciclo que se repetía, y que la victoria dependía de la unidad y la voluntad popular. Esta conexión histórica resulta vital para entender la opción revolucionaria en el siglo XXI. Para la ex guerrillera, formada en la militancia radical europea, la experiencia de la Revolución Bolivariana - aunque sin dictatura del proletariado - devolvía la vigencia a la necesitad de la ruptura radical. El siglo XX, con sus intentos de toma del poder por la vía armada, como fue el caso de la guerrilla urbana en Italia, representa una fase histórica cuyas lecciones deben ser comunicadas y analizadas sin los filtros de la condena oficial. Estas experiencias, si bien no siempre exitosas o exentas de errores, demostraron la disposición de algunos sectores a llevar la lucha de clases a sus últimas consecuencias. Comunicar esta historia en el presente no es hacer apología de la violencia, sino recordar que la oligarquía y los grandes grupos económicos jamás cederán su poder voluntariamente. La firmeza revolucionaria es una necesidad histórica. La opción revolucionaria, comunicada y mantenida como principio, es lo que da a un líder la fuerza moral y política para no ceder. Chávez lo demostró: nunca se doblegó ante los diktat de Washington porque mantenía la soberanía como un valor no negociable. Una lección aprendida de la historia, que Nicolás Maduro, otro gran comunicador popular, sigue enseñando con la misma determinación y valentía: más aún en este momento en que, como prisionero de guerra del imperialismo estadounidense, nos envía el símbolo de la firma de Chávez, para renovar de este modo la promesa del “por ahora”.

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