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3/07/2026

El imperialismo y la crisis internacional

 

El imperialismo y la crisis internacional:  agresión contra Irán



Por Rubén Suárez – Director de RedContactoSur

En los últimos tiempos el escenario internacional vuelve a vivir momentos de profunda tensión. La situación generada en torno a Irán y las acciones impulsadas por los Estados Unidos reflejan nuevamente una realidad que desde hace décadas condiciona la política mundial: la persistencia del imperialismo como mecanismo de dominación global.

El reciente accionar del gobierno estadounidense encabezado por , acompañado por una serie de aliados internacionales que se presentan bajo el discurso de la “defensa de la paz”, constituye en realidad una nueva expresión de presión geopolítica contra un Estado soberano. La narrativa oficial intenta justificar estas acciones en nombre de la seguridad internacional; sin embargo, un análisis más profundo demuestra que estamos ante una política de intervención que vulnera principios fundamentales del derecho internacional.

La soberanía de los pueblos es uno de los pilares básicos del orden internacional moderno. Ningún país, por poderoso que sea, tiene derecho a imponer su voluntad mediante amenazas, bloqueos económicos o acciones militares encubiertas. Cuando esto ocurre, no solo se viola la soberanía de un Estado particular, sino que se debilita todo el sistema internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial.

En este sentido, resulta imprescindible interpelar el rol que debe cumplir la ONU.

 La organización fue creada precisamente para evitar que las potencias vuelvan a imponer su voluntad por la fuerza. Sin embargo, en múltiples ocasiones ha demostrado una preocupante incapacidad para actuar con independencia frente a los intereses de las grandes potencias.

Esta situación no es casual ni accidental. Como lo explicó Lenin , el imperialismo representa la fase superior del capitalismo, caracterizada por la concentración del poder económico y financiero en manos de grandes corporaciones y potencias que buscan expandir su dominio sobre territorios estratégicos, recursos naturales y mercados.

En ese marco, la política exterior de Estados Unidos ha seguido históricamente una lógica de intervención directa o indirecta en distintas regiones del mundo. Desde América Latina hasta Medio Oriente, las operaciones militares, los bloqueos económicos y los golpes de Estado han sido instrumentos recurrentes para sostener su hegemonía.

El caso de Irán debe entenderse dentro de esta lógica global. Se trata de un país que, con todas sus contradicciones internas, ha intentado mantener un margen de autonomía frente a la influencia occidental. Esa autonomía, en el contexto del sistema internacional actual, suele ser interpretada por las potencias dominantes como una amenaza a sus intereses estratégicos.

Lo más preocupante es la enorme contradicción entre el discurso y la práctica. Los mismos gobiernos que hablan permanentemente de “defender la democracia” o “garantizar la estabilidad mundial” son, en muchos casos, los responsables de fomentar conflictos armados, sanciones económicas que afectan a poblaciones civiles y procesos de desestabilización política.

Esta doble moral forma parte del funcionamiento estructural del sistema imperialista. Se construyen narrativas de legitimación que permiten justificar acciones que, en otras circunstancias, serían consideradas inaceptables por la comunidad internacional.

Por eso resulta fundamental que los pueblos del mundo mantengan una posición crítica frente a estas dinámicas de poder. La paz mundial no puede depender de alianzas militares dominadas por una superpotencia ni de coaliciones que responden a intereses corporativos o geopolíticos.

La verdadera paz solo puede construirse sobre tres principios fundamentales: respeto absoluto a la soberanía de los Estados, autodeterminación de los pueblos y cooperación internacional basada en la justicia social y económica.

En un momento histórico marcado por crisis económicas, conflictos regionales y profundas desigualdades, insistir en políticas de confrontación y dominación imperial solo agrava la inestabilidad global.

Frente a esta realidad, es imprescindible exigir que la comunidad internacional, y particularmente las Naciones Unidas, actúen con firmeza para impedir que la lógica del poder militar vuelva a imponerse sobre el derecho internacional.

La humanidad necesita avanzar hacia un orden mundial más equilibrado, donde ninguna potencia pueda arrogarse el derecho de decidir el destino de otros pueblos.

La historia demuestra que cuando el imperialismo avanza sin límites, los pueblos terminan pagando el precio más alto. Por eso hoy más que nunca es necesario denunciar estas políticas y defender un principio fundamental: la paz verdadera solo puede construirse con justicia, soberanía y dignidad para todas las naciones

Rubén Suárez

Director
RedContactoSur

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¿DÓNDE ESTÁ PARADO EL VATICANO? Pedro Pierre ¡Oh sorpresa! El Vaticano, más exactamente el Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, prohíbe a las y los laicos comentar la palabra de Dios durante las celebraciones de la Eucaristía. Eso es la respuesta que dio el Dicasterio de la liturgia en el Vaticano a los obispos alemanes que solicitaban mayor participación de las y los laicos en las celebraciones eucarísticas. Esta negativa sorprendió no solamente a los obispos alemanes sino también a muchos católicos por todas partes. Aparece como una contradicción con la apertura que el Concilio Vaticano 2° había demostrado al insistir sobre la promoción de todos los bautizados para que sean más activos tanto en la responsabilidad de ‘evangelizar’ o sea transmitir la Buena Nueva de Jesús de Nazaret como de participar activamente en la celebración de los sacramentos. La prohibición del Vaticano contradice la propuesta de sinodalidad por la que tanto insistió el papa Francisco, afín de combatir el clericalismo de los sacerdotes y obispos. En su discurso durante la 18ª Congregación General del Sínodo de la Sinodalidad (25 de octubre de 2016) mencionó que “el clericalismo es el cáncer de la Iglesia”. Lo criticó como “una forma de mundanidad que ensucia y daña al pueblo fiel de Dios”. De hecho, se definió la sinodalidad como la puesta en marcha en la Iglesia católica de la igualdad de todos los bautizados y su igual participación en las actividades y decisiones que se tomen en las parroquias, las diócesis y la Iglesia toda. Esta tajante afirmación del Vaticano se opone también a lo que afirmó la Asamblea Eclesial, o sea laicas y laicos, sacerdotes y obispos latinoamericanos reunidos en México en 2021: “Las Comunidades Eclesiales de Base (CEB) son un ejemplo concreto de Iglesia sinodal”… En miles de parroquias de América Latina, decenas de miles de laicas y laicos son los responsables de la evangelización y celebración de los sacramentos en lugares donde los sacerdotes no llegan o llegan una vez al año. El mismo papa Francisco consideró que el Documento final de esta Asamblea Eclesial de México era “un laboratorio de la sinodalidad”. En estos mismos días, el papa León 14 se está reuniendo con los cardenales “pidiéndoles su apoyo” para la gobernanza de toda la Iglesia. Casualmente el cardenal Nicolás López Rodríguez de República Dominicana afirma: "Necesitamos regresar al primer siglo de la Iglesia, no a las tradiciones de hace uno, dos o tres siglos". En la misma línea, los cardenales Jean‑Paul Vesco, arzobispo de Argel, y Giorgio Marengo, prefecto apostólico de Ulán Bator en Mongolia, describen una misión entendida no como activismo, sino como una presencia humilde, relacional y llena de esperanza, llamada a anunciar el Evangelio en el corazón de sociedades que no han sido modeladas por el cristianismo. Por otra parte, resulta significativo que los Evangelios nunca presenten a Jesús como sacerdote. Lo llaman profeta, maestro, mesías, hijo del hombre, enviado de Dios, pero jamás sacerdote. La categoría sacerdotal aparecerá posteriormente en la Carta a los Hebreos, precisamente para explicar la originalidad absoluta de su misión: en Cristo se produjo un verdadero "cambio del sacerdocio". Jesús no pertenecía a la tradición sacerdotal de Aarón. No ejerció su misión desde el templo. No formaba parte de la casta sacerdotal. No se separó del pueblo para representar lo sagrado. Al contrario, su sacerdocio consistió precisamente en romper esa lógica religiosa. Mientras el sacerdocio del Antiguo Testamento se definía por la separación, Jesús se definió por la identificación y la cercanñia con los hombres y mujeres de su tiempo. Mientras el sacerdote tradicional ascendía hacia Dios desde el ámbito de lo sagrado, Jesús representó a un Dios que desciende hacia la humanidad y especialmente hacia los y las pobres, las personas excluidas y sufrientes. Su sacerdocio nació no de la distancia sino de la cercanía, no del privilegio sino de la solidaridad, no del poder sino del servicio, no del templo sino de la vida. Y alcanzó su culminación no en un santuario sagrado sino en una cruz levantada fuera de la ciudad, en el lugar de las personas marginadas. El sacerdocio de Jesús constituye una crítica permanente a toda forma de sacerdocio que tienda a separarse del pueblo, a elevarse sobre él o a monopolizar la mediación religiosa. El sacerdocio de Jesús fue el sacerdocio laico de la compasión, como él de todos los bautizados de hoy. Por estas y otras razones, las críticas en los medios de comunicación no se hicieron esperar: “El Dicasterio para la liturgia ha vuelto a cerrar la puerta que el Concilio Vaticano II entreabrió hace más de sesenta años¿ - El púlpito prohibido: Roma cierra la boca a los laicos en misa - La homilía prohibida: ¿la iglesia vuelve a elegir la cristiandad? - ¿Por qué Roma no prohíbe de paso predicar a muchos curas? - Los católicos alemanes se rebelan ante el 'No' del Vaticano a la predicación de los laicos en las misas - La iglesia que calla al pueblo: cuando el púlpito se convierte en frontera - ¿Qué sacerdocio quiere representar hoy la Iglesia? …” Recordemos el “sentido de fe” del Pueblo de los bautizados que es norma de fe, el famoso “sensus fidei” de la tradición de la Iglesia católica. Según lo repitió el papa Franciso: “Este discernimiento sobrenatural es suscitado y sostenido por el Espíritu de la verdad, lo que permite a los cristianos reconocer y seguir la acción de la gracia de Cristo en su vida diaria”. A pesar de los pesares, sigamos construyendo el sueño del papa Juan 23 retomado por el papa Francisco: “La Iglesia es de todos, pero más especialmente es la Iglesia de los pobres”. Confirmémonos en la opción por los pobres tal como lo dijeron los obispos latinoamericanos en su reunión de Puebla (México, 1979): Los invitamos a “aceptar y asumir la causa de los pobres como si fuera su propia causa, la causa de Cristo”. Trabajemos para que seamos lo que nos encomendaron el día de nuestro bautismo: “Eres profeta, sacerdotes y rey-pastor”.

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