EL PROLETARIADO: ÚNICA FUERZA REVOLUCIONARIA CAPAZ DE ENFRENTAR A LA OLIGARQUÍA GLOBAL
Por Lic Ruben Suarez Director de RedContactoSur
En un mundo dominado por las corporaciones transnacionales, las élites financieras y las oligarquías locales subordinadas al capital internacional, se vuelve imprescindible retomar una verdad histórica que el sistema intenta ocultar: la única clase verdaderamente revolucionaria, capaz de transformar la realidad de raíz, es el proletariado, la clase obrera organizada y consciente.
No son las élites ilustradas, ni las clases medias acomodadas, ni los sectores funcionales al sistema quienes impulsarán los cambios estructurales. La historia demuestra, una y otra vez, que es el trabajador, el explotado, el que produce la riqueza sin apropiarse de ella, quien tiene la fuerza material y moral para cuestionar el orden establecido.
Como señalaba Karl Marx en el Manifiesto Comunista:
“Los proletarios no tienen nada que perder, salvo sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar.”
Esta frase no es una consigna vacía: es una definición estratégica. El proletariado no está atado a la propiedad privada de los medios de producción, por lo tanto, no tiene intereses que defender dentro del sistema capitalista. Su emancipación implica necesariamente la emancipación de toda la humanidad.
En la misma línea, Vladimir Lenin profundizó esta idea al afirmar:
“Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario.”
Pero también dejó claro que esa teoría solo cobra vida cuando se encarna en la organización consciente de la clase obrera, en su capacidad de lucha, en su disciplina y en su voluntad de poder.
La historia del siglo XX confirma esta tesis. Desde la Revolución Rusa hasta los procesos de liberación nacional en Asia, África y América Latina, el sujeto central ha sido siempre el trabajador organizado, no las élites conciliadoras.
Leon Trotsky advertía con claridad:
“La crisis de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria.”
Esto significa que el problema no es la falta de condiciones objetivas para el cambio —que sobran— sino la ausencia de una conducción política firme que exprese los intereses históricos del proletariado.
A su vez, pensadores como Antonio Gramsci aportaron una dimensión clave: la batalla cultural.
“La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer.”
En ese interregno, las clases dominantes intentan perpetuar su hegemonía mediante los medios de comunicación, la educación y las instituciones. Pero es el proletariado quien puede construir una nueva hegemonía basada en la justicia social, la igualdad real y la dignidad humana.
Desde América Latina, corrientes revolucionarias también han planteado esta centralidad del pueblo trabajador, enfrentando tanto al imperialismo como a las burguesías locales dependientes. La experiencia demuestra que cuando la clase obrera se organiza, toma conciencia y actúa políticamente, se convierte en una fuerza imparable.
La oligarquía y el empresariado internacional temen —y con razón— a un proletariado movilizado. Porque es la única clase que puede paralizar la producción, detener la acumulación de capital y poner en jaque al sistema entero. Ninguna otra clase tiene ese poder estructural.
Por eso, hoy más que nunca, se hace necesario reconstruir la conciencia de clase, fortalecer las organizaciones obreras y levantar un proyecto político propio, independiente de las estructuras del poder económico.
No hay atajos. No hay soluciones dentro del sistema.
La historia no la cambian los poderosos: la cambian los pueblos cuando se organizan.
Y en ese proceso, el proletariado no es una opción más:
es la única clase capaz de llevar adelante una verdadera revolución social

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