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12/01/2022

¿Evo Morales entró en decadencia

 

 


 

por
Rafael Osinaga, 57 años de edad, ciudadano de Montero

Es doloroso para quienes crecimos con el ejemplo de Evo Morales verlo así: extraviado, perdido, sin horizonte político, desesperado por volver a gobernar, atacando a su propio gobierno, coludiendo acciones con la reacción, parecería estarse convirtiendo en una caricatura de Víctor Paz Estenssoro cuando después de la Revolución Nacional, en su afán de regresar al poder, pactó con todos los políticos posibles, al nivel de traer el neoliberalismo al país.

Esa es la faceta de Evo que estamos viviendo, lastimosamente.

Si a esto añadimos que el círculo de personas que lo rodean: Nelson Cox, Carlos Romero, Ramón Quintana, Leo Loza, José Antonio Aruquipa, y varios de sus ex ministros, no le apoyan en nada, parecen ser aquellos parásitos que habitan un cuerpo hasta quitarle todo síntoma de vitalidad, con tal de mantenerse vivos, pueden matar el lugar en el que habitan para que ellos sobrevivan. Estas personas que rodean a Evo Morales, le aplauden, le dice que todo está bien, que sus decisiones son acertadas, pero en el fondo no lo quieren abandonar porque quieren sacar algo del cuerpo de Evo Morales, sin importarle si su presencia es beneficiosa o no, van a estar con él hasta verlo muerto y si ellos lo pueden matar con tal de decir: “Yo estuve con Evo hasta el final”, lo van a hacer…

Los denominados “leales” a Evo Morales, deberían evaluar el concepto de lealtad, lealtad no es estar al lado de quien admiras o aprecias viendo cómo se destruye solo, sin decirle al menos un consejo, eso no es lealtad, eso es más bien aprovecharse del otro, leal es ser leal a la persona y aconsejarle cuando algo está mal, no aplaudir todo mientras ves caerse al otro en desgracia. Los “leales” no son otra cosa que vividores, nada más.

Evo fue el mejor presidente que tuvo Bolivia en su historia, eso nadie lo dudará, Evo cambió la autoestima del boliviano, creó una propia ética de trabajo (¿se acuerdan del trabajar desde las 5:00 am?), pensó en toda Bolivia, y nos cambió la vida a muchos…pero, su tiempo expiró, ahora lo vemos como un Paz Estenssoro del Trópico, cerrado, buscando poder, tratando de revivir esas viejas glorias, atacando a otros masistas por una pisca de poder…da pena verlo así.

Quienes lo asesoran a Evo, demuestran cada vez más su incapacidad, su ignorancia y su odio, pueden destruir a Evo Morales, con tal de obtener algo de rédito.

Pero no todo está perdido, con la edad que tengo y todo lo que viví en este país, puedo decir con seguridad que Evo Morales volverá a gobernar, por supuesto no el 2025, esa elección no la ganaría, su presencia aún provoca mucho ruido a la gente, Evo volverá después, 2030 o 2035, para despedirse de este país al que tanto le dio, y después descansará en paz, solo debe tener un poco de paciencia, el problema y eso es justo el objetivo de este artículo, es que quizás, no vuelva el Evo revolucionario del que todos aún tienen un buen recuerdo, sino otro, el Evo desesperado de poder, el Evo de derecha, quien con un plumazo destruirá todo lo que construyó.

Ojalá eso nunca pase, como ya pasó con el Dr. Paz Estenssoro.

Antes de terminar quiero darle unos consejos a Evo y a su gente, para que no termine como terminó el Dr. Paz Estenssoro, como un traidor:

1.    Desaparezca un tiempo, déjese extrañar, la gente quiere extrañarlo, descanse, eso le hará muy bien.
2.    Forme nuevos líderes para Bolivia, que no sean necesariamente del MAS, pueden ser de cualquier partido, el único requisito es que sea boliviano o boliviana, aconséjeles, el evismo debe ser más grande que un partido político, las escuelas de líderes deben ser patriotas, si son masistas o no, eso ya no importará.
3.    Tome tiempo para pensar.
4.    Suelte la cuerda al MAS y al Gobierno de Arce y Choquehuanca, que se hagan cargo de sus errores y aciertos, no aparezca para recibir los golpes de un gobierno el cual no dirige, eso lo desgasta.
5.    Aléjese de toda esa gente parasitaria que lo rodea, esa gente solo está con usted por conveniencia.
6.    Dé tiempo a su familia, se lo agradecerán, ¿cuánto no hubiera hecho su hermana para estar sus últimos días a su lado?
7.    Cuide su salud.
8.    Sea paciente, volverá a ser presidente, no el 2025, pero volverá, el tiempo pasa volando, solo no traicione sus ideales, no sea otro Víctor Paz Estenssoro.
GRACIAS

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El «Por ahora» tras las rejas: una guerrillera y la aurora bolivariana Geraldina Colotti Rebibbia, Sección de Alta Seguridad, 1992. Las paredes grises y el eco metálico de las puertas eran ahora el universo de la joven, otrora militante de las Brigadas Rojas. Su ideal de transformación social, forjado en la efervescencia de los llamados años de plomo, la había llevado a un camino de clandestinidad y, finalmente, después de sobrevivir a un tiroteo en el que los carabineros querían acabar con ellos, a esta celda fría donde el tiempo se medía en el parpadeo fluorescente del techo, en el olor de los libros sin cubierta –los únicos permitidos– , en la tinta de los periódicos que se podían encontrar, que manchaba los dedos, pero daba la ilusión de continuar con un hábito indispensable de los años de la guerrilla, cuando era esencial mantenerse informado sobre la situación política y los movimientos del enemigo. Y luego estaba el ritual de los noticieros, que afuera se escuchaban y comentaban juntos en las casas clandestinas. En la celda, ella los escuchaba sola, después de cerrar los libros o los cuadernos, y los comentaba maldiciendo en voz baja, para evitar que las guardias la tomaran por loca. En la pequeña pantalla, incrustada en el muro, las imágenes parpadeaban con la monotonía de siempre: política italiana enredada en escándalos, ecos lejanos de la caída del Muro, la omnipresente sombra de la Guerra del Golfo. Pero una tarde, una figura inesperada irrumpió en la rutina visual. Un militar joven, de uniforme verde oliva y boina roja, con una determinación palpable en la mirada, se dirigía a las cámaras tras un fallido intento de rebeldía en un país lejano llamado Venezuela: «El típico golpe de estado del típico gorila latinoamericano», había comentado el cronista. Pero ella, curtida en el análisis político y la lectura entre líneas, sintió una punzada de curiosidad. Las palabras del comandante, un tal Hugo Chávez, resonaron en el aire viciado del encierro: «Por ahora». Una promesa suspendida, una derrota que no era final. En ese «por ahora», la brigadista sentenciada, vislumbró una chispa, un eco distante de la rebeldía que creía extinguida en los laberintos de su encierro carcelario, mientras se iba imponiendo la narrativa posmoderna del fin de las ideologías y de toda esperanza de cambio para las clases populares. Años después, las rejas de Rebibbia comenzaron a ceder levemente. Gracias a permisos de trabajo externo, la brigadista experimentó el contraste brutal entre la rigidez del encierro y la relativa libertad del mundo exterior, pero bajo una censura y un control igualmente brutal, de un sistema cómplice para el cual solo eran peligrosos terroristas a silenciar. Trabajaba en un pequeño periódico de izquierda, en medio de “sobrinos políticos” que apenas soportaban sus elecciones, y menos aún los constantes controles armados de las fuerzas policiales. Fue allí donde la figura de Chávez y su Revolución Bolivariana comenzaron a tomar forma, nutriéndose de retazos de noticias, comentarios sesgados y la persistente propaganda negativa que los medios occidentales vertían sobre el proceso venezolano, aderezada incluso con apreciaciones racistas. Para la brigadista, que ahora empuñaba el teclado como antes las armas, la distorsión informativa era una vieja conocida. Reconocía las estrategias de demonización, la simplificación burda de procesos complejos, la omisión sistemática de las voces populares. La Revolución Bolivariana era presentada como una deriva autoritaria, un régimen populista abocado al fracaso, una amenaza para la «democracia» y el «orden internacional». Pero la imagen del joven comandante diciendo «por ahora» seguía grabada en su memoria. Había algo genuino en esa derrota anunciada, una conexión palpable con un pueblo que parecía hastiado de la vieja política. Ahora, desde su segunda vida, la brigadista comenzó una silenciosa labor de contrainformación. Devoraba artículos académicos, buscaba fuentes alternativas en internet (una tecnología aún incipiente pero reveladora), analizaba los discursos de Chávez con la misma meticulosidad con la que antes planificaba acciones clandestinas. En la redacción, junto a los pocos que mantenían un juicio abierto sobre la revolución bolivariana, aprovechaba cualquier resquicio para deslizar comentarios que cuestionaban la narrativa dominante. Con sus colegas, debatía sobre la nacionalización del petróleo, los programas sociales masivos, la participación popular en la política venezolana. Su mirada analítica, entrenada en la crítica radical, detectaba las inconsistencias y las manipulaciones de la propaganda anti-bolivariana. Del contacto con las embajadas, llegaban noticias de primera mano, diferentes a las difundidas por las agencias de prensa. No se trataba de una conversión automática ni de una adhesión ciega. Como revolucionaria del siglo XX, y como marxista de escuela europea, ella conservaba su espíritu crítico y sus reservas sobre ciertos aspectos del proceso, sobre todo sobre el tema de la toma del poder y de la falta de expropiación de la burguesía. Pero reconocía en la Revolución Bolivariana un intento real, aunque imperfecto, de desafiar el statu quo, de dar voz a los excluidos, de construir una alternativa al neoliberalismo rampante que asolaba el planeta. Para la brigadista que vio una promesa tras las rejas, la Revolución Bolivariana se había convertido en una interrogante crucial. Ya no se trataba de la lucha armada en las calles italianas, sino de una batalla más sutil, pero igualmente trascendente: la lucha por la verdad contra el imperio de la desinformación. Y en esa trinchera, con las herramientas de su formación política y de su actual profesión, comenzaba a desenmascarar las sombras proyectadas sobre la esperanza que había germinado de un simple «por ahora» pronunciado al otro lado del Atlántico. Su «por ahora» personal se había transformado en una búsqueda incansable por comprender y difundir la complejidad de un proceso revolucionario que resonaba con ecos de sus propios sueños inconclusos. Por eso, jamás, en ningún momento, abandonaría la revolución bolivariana. “Por ahora”. Y para siempre. Cuando la militante terminó su condena y pudo viajar, vivió de cerca la fuerza del Chávez orador y comunicador de la historia. No solo transmitía directrices políticas; narraba la epopeya bolivariana, conectando el presente de la Revolución con las gestas independentistas de Simón Bolívar. Chávez usó la comunicación como una herramienta pedagógica para elevar la conciencia de clase, forjar la identidad soberana y recordar al pueblo sus raíces de lucha. Su insistencia en la historia no era nostalgia, sino un recordatorio constante de que la lucha contra el imperialismo y la oligarquía era un ciclo que se repetía, y que la victoria dependía de la unidad y la voluntad popular. Esta conexión histórica resulta vital para entender la opción revolucionaria en el siglo XXI. Para la ex guerrillera, formada en la militancia radical europea, la experiencia de la Revolución Bolivariana - aunque sin dictatura del proletariado - devolvía la vigencia a la necesitad de la ruptura radical. El siglo XX, con sus intentos de toma del poder por la vía armada, como fue el caso de la guerrilla urbana en Italia, representa una fase histórica cuyas lecciones deben ser comunicadas y analizadas sin los filtros de la condena oficial. Estas experiencias, si bien no siempre exitosas o exentas de errores, demostraron la disposición de algunos sectores a llevar la lucha de clases a sus últimas consecuencias. Comunicar esta historia en el presente no es hacer apología de la violencia, sino recordar que la oligarquía y los grandes grupos económicos jamás cederán su poder voluntariamente. La firmeza revolucionaria es una necesidad histórica. La opción revolucionaria, comunicada y mantenida como principio, es lo que da a un líder la fuerza moral y política para no ceder. Chávez lo demostró: nunca se doblegó ante los diktat de Washington porque mantenía la soberanía como un valor no negociable. Una lección aprendida de la historia, que Nicolás Maduro, otro gran comunicador popular, sigue enseñando con la misma determinación y valentía: más aún en este momento en que, como prisionero de guerra del imperialismo estadounidense, nos envía el símbolo de la firma de Chávez, para renovar de este modo la promesa del “por ahora”.

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