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1/02/2025

Bolivia. posesión de las flamantes autoridades judiciales,


 *Choquehuanca: “Necesitamos una justicia que esté a la altura de estos tiempos de cambio, que esté al servicio de nuestros pueblos”*


*VPEP - La Paz.-* “Todas las autoridades, sobre todo las autoridades electas, nos debemos a nuestros pueblos, sin ellos, no somos nada. Felicitarlos por su elección, el pueblo boliviano ha confiado en ustedes, para que se haga una profunda reforma a la justicia boliviana, por no decir una verdadera revolución, necesitamos una justicia que esté a la altura de estos tiempos de cambio, que esté al servicio de nuestros pueblos”, aseveró el Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, Jilata David Choquehuanca, durante el acto oficial de posesión de las 19 flamantes autoridades del Tribunal Supremo de Justicia, Tribunal Constitucional Plurinacional, Tribunal Agroambiental y del Consejo de la Magistratura.


El Jilata acompañó al Presidente Luis Arce Catacora y el ministro de Justicia y Transparencia Institucional, César Siles Bazán, la tarde de este jueves, en el evento de posesión de las flamantes autoridades judiciales, elegidas el pasado 15 de diciembre. Con esta ceremonia histórica, Bolivia fortalece la justicia y continúa otorgando seguridad jurídica a cada uno de los ciudadanos dentro del territorio nacional.


“Exhortamos a las flamantes autoridades judiciales electas que acaban de ser posicionadas por nuestro Presidente, que la justicia debe ser como el agua que fluye para todos, sin distinciones ni privilegios de ninguna naturaleza, debe ser como el sol que ilumina a todos sin importar su condición social o económica, no debe ser sólo un instrumento para castigar injustamente, sino para restaurar el equilibrio y la armonía en la sociedad”, manifestó la autoridad durante su alocución.


Choquehuanca aseguró que la justicia colonial ha producido confusas y contradictorias reglas jurídicas que la mayoría del pueblo desconoce, creando un derecho asistémico heredado con las normas dispersas, pero minuciosas, que permiten ejercer la discrecionalidad y la manipulación según las conveniencias.



De igual forma, señaló que “el pueblo boliviano está cansado del sistema judicial, mercantilizado y corrupto” y recordó que la independencia judicial constituye un derecho humano fundamental, que se encuentra reconocido nacional e internacionalmente por diversos ordenamientos legales.



“Exhortar en esta ocasión a ustedes, hermanos que administran o que administrarán la justicia, poner en práctica todo lo aprendido en su carrera profesional y así dar señal clara de cambio de la justicia boliviana”, manifestó el Jilata.


El segundo mandatario compartió, además, algunas reflexiones de Lao Tse y cómo era la práctica de la justicia en la antigüedad, donde no se vulneraban la complementariedad y los derechos de las personas. Sin embargo, esta forma de vida cambió por la ambición de algunos que vieron en el poder la forma de someter a sus pares con ayuda de los tribunales.


*19 nuevas autoridades*


Entre las nuevas autoridades posesionadas, se encuentran cuatro magistrados del Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP): Ángel Edson Dávalos Rojas, Boris Wilson Arias López, Paola Verónica Prudencio Candia y Amalia Laura Villca. En tanto que el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) contará con los magistrados Rosmery Ruiz Martínez, Norma Velasco Mosquera, Carlos Eduardo Ortega Sivila, Primo Martínez Fuentes, Germán Saúl Pardo Uribe, Fanny Coaquira Rodríguez y Romer Saucedo Gómez.



Asimismo, el Tribunal Agroambiental incorpora a los magistrados Rocío Vásquez Noza, Roxana Chávez Rodas, Víctor Hugo Claure Hinojoza, Richard Cristhian Méndez Rosales y María Soledad Peñafiel Bravo. Y el Consejo de la Magistratura, a los consejeros: Manuel Baptista Espinoza, Carlos Spencer Arancibia y Gabriela Paula Araoz López.


Con este acto, el Gobierno reafirma su compromiso con la renovación y fortalecimiento del sistema judicial, dando inicio a una nueva etapa en la administración de justicia en Bolivia, en el marco del Bicentenario de la independencia del país.

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El «Por ahora» tras las rejas: una guerrillera y la aurora bolivariana Geraldina Colotti Rebibbia, Sección de Alta Seguridad, 1992. Las paredes grises y el eco metálico de las puertas eran ahora el universo de la joven, otrora militante de las Brigadas Rojas. Su ideal de transformación social, forjado en la efervescencia de los llamados años de plomo, la había llevado a un camino de clandestinidad y, finalmente, después de sobrevivir a un tiroteo en el que los carabineros querían acabar con ellos, a esta celda fría donde el tiempo se medía en el parpadeo fluorescente del techo, en el olor de los libros sin cubierta –los únicos permitidos– , en la tinta de los periódicos que se podían encontrar, que manchaba los dedos, pero daba la ilusión de continuar con un hábito indispensable de los años de la guerrilla, cuando era esencial mantenerse informado sobre la situación política y los movimientos del enemigo. Y luego estaba el ritual de los noticieros, que afuera se escuchaban y comentaban juntos en las casas clandestinas. En la celda, ella los escuchaba sola, después de cerrar los libros o los cuadernos, y los comentaba maldiciendo en voz baja, para evitar que las guardias la tomaran por loca. En la pequeña pantalla, incrustada en el muro, las imágenes parpadeaban con la monotonía de siempre: política italiana enredada en escándalos, ecos lejanos de la caída del Muro, la omnipresente sombra de la Guerra del Golfo. Pero una tarde, una figura inesperada irrumpió en la rutina visual. Un militar joven, de uniforme verde oliva y boina roja, con una determinación palpable en la mirada, se dirigía a las cámaras tras un fallido intento de rebeldía en un país lejano llamado Venezuela: «El típico golpe de estado del típico gorila latinoamericano», había comentado el cronista. Pero ella, curtida en el análisis político y la lectura entre líneas, sintió una punzada de curiosidad. Las palabras del comandante, un tal Hugo Chávez, resonaron en el aire viciado del encierro: «Por ahora». Una promesa suspendida, una derrota que no era final. En ese «por ahora», la brigadista sentenciada, vislumbró una chispa, un eco distante de la rebeldía que creía extinguida en los laberintos de su encierro carcelario, mientras se iba imponiendo la narrativa posmoderna del fin de las ideologías y de toda esperanza de cambio para las clases populares. Años después, las rejas de Rebibbia comenzaron a ceder levemente. Gracias a permisos de trabajo externo, la brigadista experimentó el contraste brutal entre la rigidez del encierro y la relativa libertad del mundo exterior, pero bajo una censura y un control igualmente brutal, de un sistema cómplice para el cual solo eran peligrosos terroristas a silenciar. Trabajaba en un pequeño periódico de izquierda, en medio de “sobrinos políticos” que apenas soportaban sus elecciones, y menos aún los constantes controles armados de las fuerzas policiales. Fue allí donde la figura de Chávez y su Revolución Bolivariana comenzaron a tomar forma, nutriéndose de retazos de noticias, comentarios sesgados y la persistente propaganda negativa que los medios occidentales vertían sobre el proceso venezolano, aderezada incluso con apreciaciones racistas. Para la brigadista, que ahora empuñaba el teclado como antes las armas, la distorsión informativa era una vieja conocida. Reconocía las estrategias de demonización, la simplificación burda de procesos complejos, la omisión sistemática de las voces populares. La Revolución Bolivariana era presentada como una deriva autoritaria, un régimen populista abocado al fracaso, una amenaza para la «democracia» y el «orden internacional». Pero la imagen del joven comandante diciendo «por ahora» seguía grabada en su memoria. Había algo genuino en esa derrota anunciada, una conexión palpable con un pueblo que parecía hastiado de la vieja política. Ahora, desde su segunda vida, la brigadista comenzó una silenciosa labor de contrainformación. Devoraba artículos académicos, buscaba fuentes alternativas en internet (una tecnología aún incipiente pero reveladora), analizaba los discursos de Chávez con la misma meticulosidad con la que antes planificaba acciones clandestinas. En la redacción, junto a los pocos que mantenían un juicio abierto sobre la revolución bolivariana, aprovechaba cualquier resquicio para deslizar comentarios que cuestionaban la narrativa dominante. Con sus colegas, debatía sobre la nacionalización del petróleo, los programas sociales masivos, la participación popular en la política venezolana. Su mirada analítica, entrenada en la crítica radical, detectaba las inconsistencias y las manipulaciones de la propaganda anti-bolivariana. Del contacto con las embajadas, llegaban noticias de primera mano, diferentes a las difundidas por las agencias de prensa. No se trataba de una conversión automática ni de una adhesión ciega. Como revolucionaria del siglo XX, y como marxista de escuela europea, ella conservaba su espíritu crítico y sus reservas sobre ciertos aspectos del proceso, sobre todo sobre el tema de la toma del poder y de la falta de expropiación de la burguesía. Pero reconocía en la Revolución Bolivariana un intento real, aunque imperfecto, de desafiar el statu quo, de dar voz a los excluidos, de construir una alternativa al neoliberalismo rampante que asolaba el planeta. Para la brigadista que vio una promesa tras las rejas, la Revolución Bolivariana se había convertido en una interrogante crucial. Ya no se trataba de la lucha armada en las calles italianas, sino de una batalla más sutil, pero igualmente trascendente: la lucha por la verdad contra el imperio de la desinformación. Y en esa trinchera, con las herramientas de su formación política y de su actual profesión, comenzaba a desenmascarar las sombras proyectadas sobre la esperanza que había germinado de un simple «por ahora» pronunciado al otro lado del Atlántico. Su «por ahora» personal se había transformado en una búsqueda incansable por comprender y difundir la complejidad de un proceso revolucionario que resonaba con ecos de sus propios sueños inconclusos. Por eso, jamás, en ningún momento, abandonaría la revolución bolivariana. “Por ahora”. Y para siempre. Cuando la militante terminó su condena y pudo viajar, vivió de cerca la fuerza del Chávez orador y comunicador de la historia. No solo transmitía directrices políticas; narraba la epopeya bolivariana, conectando el presente de la Revolución con las gestas independentistas de Simón Bolívar. Chávez usó la comunicación como una herramienta pedagógica para elevar la conciencia de clase, forjar la identidad soberana y recordar al pueblo sus raíces de lucha. Su insistencia en la historia no era nostalgia, sino un recordatorio constante de que la lucha contra el imperialismo y la oligarquía era un ciclo que se repetía, y que la victoria dependía de la unidad y la voluntad popular. Esta conexión histórica resulta vital para entender la opción revolucionaria en el siglo XXI. Para la ex guerrillera, formada en la militancia radical europea, la experiencia de la Revolución Bolivariana - aunque sin dictatura del proletariado - devolvía la vigencia a la necesitad de la ruptura radical. El siglo XX, con sus intentos de toma del poder por la vía armada, como fue el caso de la guerrilla urbana en Italia, representa una fase histórica cuyas lecciones deben ser comunicadas y analizadas sin los filtros de la condena oficial. Estas experiencias, si bien no siempre exitosas o exentas de errores, demostraron la disposición de algunos sectores a llevar la lucha de clases a sus últimas consecuencias. Comunicar esta historia en el presente no es hacer apología de la violencia, sino recordar que la oligarquía y los grandes grupos económicos jamás cederán su poder voluntariamente. La firmeza revolucionaria es una necesidad histórica. La opción revolucionaria, comunicada y mantenida como principio, es lo que da a un líder la fuerza moral y política para no ceder. Chávez lo demostró: nunca se doblegó ante los diktat de Washington porque mantenía la soberanía como un valor no negociable. Una lección aprendida de la historia, que Nicolás Maduro, otro gran comunicador popular, sigue enseñando con la misma determinación y valentía: más aún en este momento en que, como prisionero de guerra del imperialismo estadounidense, nos envía el símbolo de la firma de Chávez, para renovar de este modo la promesa del “por ahora”.

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