suscripciones

Suscribete

Suscribirme

1/02/2025

Evo Morales captó a su víctima como “guardia juvenil” y la tuvo a su disposición incluso en el exterior, según edicto

 Evo Morales captó a su víctima

como “guardia juvenil” y la tuvo

a su disposición incluso en el

exterior, según edicto





El exmandatario rehúsa su sometimiento a la justicia ordinaria

que lo imputó por trata y tráfico de personas en contra de una

menor que resultó embarazada como consecuencia del abuso.

eju.tv

Juan Carlos Véliz / La Paz


El expresidente Evo Morales captó a su víctima como parte de la

llamada “Guardia Juvenil” y la “Generación Evo” en el municipio

tarijeño de Yacuiba en 2014 y llegó al extremo de tenerla a su

disposición en viajes nacionales e internacionales pese a que era

menor de edad, esa es una de las partes conclusivas de la

imputación en contra del exmandatario (2006-2019).


“Conforme a los antecedentes en el cuaderno de investigación,

iniciado de oficio, se tiene constancia que la víctima de iniciales

C.S.V.P., aún menor de edad en la gestión 2014, fue captada

como parte de la Guardia Juvenil liderada por el expresidente

Evo Morales y grupo Generación Evo, conforme puede advertirse

de la información proporcionada a las redes abiertas por la

misma imputada Idelsa P. S. y la víctima, redes sociales, en las

cuales se presenta como tal (informe de inicio de investigación

policial) e incluso refiere que C. V. P. es la presidenta del grupo

de Generación Evo en la ciudad de Yacuiba, provincia Gran

Chaco”, señala un párrafo de la relación de hechos en el edicto

judicial publicado recientemente.


Morales fue imputado por el delito de trata y tráfico de personas

después de que la investigación de la Fiscalía de Tarija concluyó

que el exmandatario incurrió en ese ilícito en 2014 cuando captó

a una menor de 14 años y abusó de ella hasta dejarla

embarazada.


“A través de esa circunstancia, con la participación de los padres

de la víctima, que responden a los nombres de Emeterio V. M. e

Idelsa P. S., logrando que la menor tenga contacto directo con el

expresidente Juan Evo Morales Ayma, quien a partir de esa

circunstancia frecuentaba la ciudad de Yacuiba, aprovechándose

de la vulnerabilidad de la víctima y el asentimiento de los padres

logrando que la menor esté a su disposición no sólo en la ciudad

de Yacuiba, como en diferentes lugares del país, sino también en

países extranjeros, quien aprovechando de la influencia de su

calidad de presidente del Estado Plurinacional para lograr

satisfacer sus necesidades sexuales con la víctima C.S.V.P. en

los diferentes eventos y viajes realizados sin considerar que se

trataba de una adolescente de 14 años”, señala el escrito.


El Juzgado de Instrucción Penal, Anticorrupción y Contra la

Violencia hacia la Mujer Quinto de Tarija fijó para el 14 de enero,

a horas 9:30, la audiencia pública presencial contra Evo Morales

por este caso.


La Fiscalía también libró una orden de aprehensión en contra del

político, quien aprovechando su condición de figura pública, está

refugiado en el trópico de Cochabamba flanqueado por sus

leales y no comparece ante la justicia ordinaria.


El delito de trata y tráfico de personas es considerado como una

de las mayores y más crueles violaciones a los derechos

humanos.


La trata es definida como la acción de captar, transportar,

trasladar, acoger o recibir personas, recurriendo a la amenaza o

al uso de la fuerza u otras formas de coacción como el rapto, el

engaño, el fraude, el abuso de poder o aprovechar una situación

de vulnerabilidad.


El tráfico de personas está definido como la entrada ilegal de una

persona en un Estado del cual dicha persona, no sea nacional o

residente permanente, con el fin de obtener un beneficio

financiero u otro beneficio de orden material.


En el caso contra Evo Morales este habría cruzado la frontera

con su víctima vulnerando leyes migratorias de esos países

aprovechando su condición de Mandatario.


Según las indagaciones, la menor tenía pasaporte diplomático al

igual que su madre que también fue imputada por el mismo

delito.


La normativa boliviana indica que los tratantes de personas

serán sancionados con privación de libertad de 10 a 15 años

mientras el delito tráfico de personas tiene una pena privativa de

libertad de 5 a 10 años, y la sanción se agrava en la mitad

cuando el autor o la autora sea servidor o servidora pública.


por Juan Carlos Véliz

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Colabora tu pones el monto

chat



 

El «Por ahora» tras las rejas: una guerrillera y la aurora bolivariana Geraldina Colotti Rebibbia, Sección de Alta Seguridad, 1992. Las paredes grises y el eco metálico de las puertas eran ahora el universo de la joven, otrora militante de las Brigadas Rojas. Su ideal de transformación social, forjado en la efervescencia de los llamados años de plomo, la había llevado a un camino de clandestinidad y, finalmente, después de sobrevivir a un tiroteo en el que los carabineros querían acabar con ellos, a esta celda fría donde el tiempo se medía en el parpadeo fluorescente del techo, en el olor de los libros sin cubierta –los únicos permitidos– , en la tinta de los periódicos que se podían encontrar, que manchaba los dedos, pero daba la ilusión de continuar con un hábito indispensable de los años de la guerrilla, cuando era esencial mantenerse informado sobre la situación política y los movimientos del enemigo. Y luego estaba el ritual de los noticieros, que afuera se escuchaban y comentaban juntos en las casas clandestinas. En la celda, ella los escuchaba sola, después de cerrar los libros o los cuadernos, y los comentaba maldiciendo en voz baja, para evitar que las guardias la tomaran por loca. En la pequeña pantalla, incrustada en el muro, las imágenes parpadeaban con la monotonía de siempre: política italiana enredada en escándalos, ecos lejanos de la caída del Muro, la omnipresente sombra de la Guerra del Golfo. Pero una tarde, una figura inesperada irrumpió en la rutina visual. Un militar joven, de uniforme verde oliva y boina roja, con una determinación palpable en la mirada, se dirigía a las cámaras tras un fallido intento de rebeldía en un país lejano llamado Venezuela: «El típico golpe de estado del típico gorila latinoamericano», había comentado el cronista. Pero ella, curtida en el análisis político y la lectura entre líneas, sintió una punzada de curiosidad. Las palabras del comandante, un tal Hugo Chávez, resonaron en el aire viciado del encierro: «Por ahora». Una promesa suspendida, una derrota que no era final. En ese «por ahora», la brigadista sentenciada, vislumbró una chispa, un eco distante de la rebeldía que creía extinguida en los laberintos de su encierro carcelario, mientras se iba imponiendo la narrativa posmoderna del fin de las ideologías y de toda esperanza de cambio para las clases populares. Años después, las rejas de Rebibbia comenzaron a ceder levemente. Gracias a permisos de trabajo externo, la brigadista experimentó el contraste brutal entre la rigidez del encierro y la relativa libertad del mundo exterior, pero bajo una censura y un control igualmente brutal, de un sistema cómplice para el cual solo eran peligrosos terroristas a silenciar. Trabajaba en un pequeño periódico de izquierda, en medio de “sobrinos políticos” que apenas soportaban sus elecciones, y menos aún los constantes controles armados de las fuerzas policiales. Fue allí donde la figura de Chávez y su Revolución Bolivariana comenzaron a tomar forma, nutriéndose de retazos de noticias, comentarios sesgados y la persistente propaganda negativa que los medios occidentales vertían sobre el proceso venezolano, aderezada incluso con apreciaciones racistas. Para la brigadista, que ahora empuñaba el teclado como antes las armas, la distorsión informativa era una vieja conocida. Reconocía las estrategias de demonización, la simplificación burda de procesos complejos, la omisión sistemática de las voces populares. La Revolución Bolivariana era presentada como una deriva autoritaria, un régimen populista abocado al fracaso, una amenaza para la «democracia» y el «orden internacional». Pero la imagen del joven comandante diciendo «por ahora» seguía grabada en su memoria. Había algo genuino en esa derrota anunciada, una conexión palpable con un pueblo que parecía hastiado de la vieja política. Ahora, desde su segunda vida, la brigadista comenzó una silenciosa labor de contrainformación. Devoraba artículos académicos, buscaba fuentes alternativas en internet (una tecnología aún incipiente pero reveladora), analizaba los discursos de Chávez con la misma meticulosidad con la que antes planificaba acciones clandestinas. En la redacción, junto a los pocos que mantenían un juicio abierto sobre la revolución bolivariana, aprovechaba cualquier resquicio para deslizar comentarios que cuestionaban la narrativa dominante. Con sus colegas, debatía sobre la nacionalización del petróleo, los programas sociales masivos, la participación popular en la política venezolana. Su mirada analítica, entrenada en la crítica radical, detectaba las inconsistencias y las manipulaciones de la propaganda anti-bolivariana. Del contacto con las embajadas, llegaban noticias de primera mano, diferentes a las difundidas por las agencias de prensa. No se trataba de una conversión automática ni de una adhesión ciega. Como revolucionaria del siglo XX, y como marxista de escuela europea, ella conservaba su espíritu crítico y sus reservas sobre ciertos aspectos del proceso, sobre todo sobre el tema de la toma del poder y de la falta de expropiación de la burguesía. Pero reconocía en la Revolución Bolivariana un intento real, aunque imperfecto, de desafiar el statu quo, de dar voz a los excluidos, de construir una alternativa al neoliberalismo rampante que asolaba el planeta. Para la brigadista que vio una promesa tras las rejas, la Revolución Bolivariana se había convertido en una interrogante crucial. Ya no se trataba de la lucha armada en las calles italianas, sino de una batalla más sutil, pero igualmente trascendente: la lucha por la verdad contra el imperio de la desinformación. Y en esa trinchera, con las herramientas de su formación política y de su actual profesión, comenzaba a desenmascarar las sombras proyectadas sobre la esperanza que había germinado de un simple «por ahora» pronunciado al otro lado del Atlántico. Su «por ahora» personal se había transformado en una búsqueda incansable por comprender y difundir la complejidad de un proceso revolucionario que resonaba con ecos de sus propios sueños inconclusos. Por eso, jamás, en ningún momento, abandonaría la revolución bolivariana. “Por ahora”. Y para siempre. Cuando la militante terminó su condena y pudo viajar, vivió de cerca la fuerza del Chávez orador y comunicador de la historia. No solo transmitía directrices políticas; narraba la epopeya bolivariana, conectando el presente de la Revolución con las gestas independentistas de Simón Bolívar. Chávez usó la comunicación como una herramienta pedagógica para elevar la conciencia de clase, forjar la identidad soberana y recordar al pueblo sus raíces de lucha. Su insistencia en la historia no era nostalgia, sino un recordatorio constante de que la lucha contra el imperialismo y la oligarquía era un ciclo que se repetía, y que la victoria dependía de la unidad y la voluntad popular. Esta conexión histórica resulta vital para entender la opción revolucionaria en el siglo XXI. Para la ex guerrillera, formada en la militancia radical europea, la experiencia de la Revolución Bolivariana - aunque sin dictatura del proletariado - devolvía la vigencia a la necesitad de la ruptura radical. El siglo XX, con sus intentos de toma del poder por la vía armada, como fue el caso de la guerrilla urbana en Italia, representa una fase histórica cuyas lecciones deben ser comunicadas y analizadas sin los filtros de la condena oficial. Estas experiencias, si bien no siempre exitosas o exentas de errores, demostraron la disposición de algunos sectores a llevar la lucha de clases a sus últimas consecuencias. Comunicar esta historia en el presente no es hacer apología de la violencia, sino recordar que la oligarquía y los grandes grupos económicos jamás cederán su poder voluntariamente. La firmeza revolucionaria es una necesidad histórica. La opción revolucionaria, comunicada y mantenida como principio, es lo que da a un líder la fuerza moral y política para no ceder. Chávez lo demostró: nunca se doblegó ante los diktat de Washington porque mantenía la soberanía como un valor no negociable. Una lección aprendida de la historia, que Nicolás Maduro, otro gran comunicador popular, sigue enseñando con la misma determinación y valentía: más aún en este momento en que, como prisionero de guerra del imperialismo estadounidense, nos envía el símbolo de la firma de Chávez, para renovar de este modo la promesa del “por ahora”.

 El «Por ahora» tras las rejas: una guerrillera y la aurora bolivariana Geraldina Colotti RedContactoSur  Rebibbia, Sección de Alta Segurida...