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6/13/2026

Cuba-Venezuela. El fusil, la pluma y el deber de no traicionar: junio,mes de ejemplos y rupturas

 




Por Geraldina Colotti, RedContactoSur

«Quien intente apoderarse de Cuba, recogerá el polvo
de su suelo anegado en sangre, si no perece en la
lucha». Estas palabras, que la tradición revolucionaria
ha esculpido en la conciencia cubana como el eco
eterno de la Protesta de Baraguá, pertenecen al temple
de Antonio Maceo, el Titán de Bronce. Hombre de
orígenes humildes, nacido el 14 de junio de 1845 en
una familia mulata que hizo de la lucha por la libertad
un destino colectivo, Maceo fue un genio de la
estrategia militar.
La postura que asumió en Baraguá, en 1878 —cuando
ante el general Martínez Campos respondió con un
seco «No nos entendemos», rechazando el Pacto del
Zanjón— no fue un gesto aislado. Fue la semilla de la
conciencia que, años después, lo llevaría a dirigir la
legendaria Invasión de Oriente a Occidente (1895-
1896). Si en Baraguá Maceo había salvado la dignidad
de la revolución de la traición de la rendición, con la
Invasión demostró que esa misma dignidad se había

convertido en un proyecto nacional capaz de poner de
rodillas al Imperio.
La legendaria Invasión comenzaría en octubre de

  1. En aquella época, el grueso de las fuerzas
    españolas y la riqueza económica de la isla se
    concentraba en las provincias occidentales, mientras
    el Oriente permanecía como el foco de la revuelta. La
    estrategia de Maceo, compartida con Máximo Gómez,
    fue romper la ilusión de España de poder aislar la
    rebelión en una periferia remota y pobre.
    Atravesar toda la isla significaba recorrer cerca de
    1.800 kilómetros en poco más de tres meses,
    desafiando a decenas de miles de soldados enemigos,
    superando líneas fortificadas como la famosa Trocha
    de Júcaro a Morón y marchando en condiciones
    extremas. No se trataba de conquistar ciudades para
    presidirlas, sino de hacer la isla ingobernable,
    golpeando el motor económico de la colonia: las
    inmensas plantaciones de caña de azúcar que
    financiaban la guerra de represión española. Hacer
    imposible el beneficio colonial significaba quitarle a
    España la savia vital para mantener a su ejército.
    Cuando en enero de 1896 Maceo llegó a Mantua, en el
    extremo Occidente de Cuba, el objetivo había sido
    alcanzado. Aquella marcha fue la prueba de que la

revolución no era una cuestión regional, sino un
proyecto nacional. Demostró que un ejército
compuesto por campesinos y trabajadores, los
mambises, podía humillar a una de las potencias
militares más poderosas de la época.
Para el lector de hoy, la Invasión sigue siendo la
prueba de que Maceo no era un estratega de escritorio:
aquella fue su caminata de la verdad. Marchando
hacia el Occidente, Maceo rechazó la zona de confort,
desafiando lo imposible para llevar la revolución allí
donde el amo se sentía más seguro. Es el ejemplo
perfecto de cómo la teoría revolucionaria, que en
Baraguá había sido una idea de ruptura, se convierte
con la Invasión en una idea en movimiento capaz de
cambiar la realidad material. Fue el momento en que
la revolución salió de los bosques orientales y se
convirtió en un incendio que envolvió a toda la
nación, liberando a Cuba de la convicción de que el
dominio español podía ser eterno.
Maceo no era un aristócrata de la política, sino un
hombre que había conocido el peso de la esclavitud y
el sabor de la tierra. Su apodo, Titán de Bronce, no
evocaba solo la fuerza física, sino la indestructibilidad
de sus convicciones. Mientras la burguesía
terrateniente cubana buscaba salidas acomodaticias

con el poder español para salvar sus privilegios
económicos, Maceo comprendió que la libertad de
Cuba era una mentira si no traía consigo el fin de la
esclavitud y la ruptura radical con toda forma de
subordinación.
Por eso, su Protesta de Baraguá, el 15 de marzo de
1878, fue el momento en el que él eligió quedarse
solo, junto a sus hombres, antes que malvender el
futuro. La Guerra de los Diez Años (1868-1878) había
llegado entonces a una fase de estancamiento. El
Comité del Centro había firmado el Pacto del Zanjón
con el general español Arsenio Martínez Campos, un
acuerdo que ofrecía una paz sin independencia y,
sobre todo, sin la garantía de la abolición inmediata de
la esclavitud. Era un intento de poner fin al conflicto
garantizando el dominio colonial español.
Maceo, que no había participado en las tratativas, se
negó categóricamente a aceptar aquel pacto. Pidió un
encuentro con Martínez Campos precisamente en
Baraguá para comunicarle que el ejército que él
dirigía no se rendiría. En aquel «No» a Martínez
Campos, Maceo definió para siempre lo que significa
ser un revolucionario: no aquel que acepta las reglas
del juego para sobrevivir, sino aquel que rompe la
mesa cuando el juego está trucado.

«Los principios no se negocian», repite también hoy el
actual presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, frente
a la renovada agresión del imperialismo
norteamericano. La fuerza de Cuba es su historia, la
historia de la lucha de clases, que procede por saltos y
rupturas, dejando la tarea de dirigirlas a quien se
obstina en cambiarla. La historia que avanza, como
decía Benjamin, sobre pilas de ruinas y en la que,
como bien explicó Marx en El dieciocho brumario,
«la tradición de todas las generaciones muertas oprime
como una pesadilla el cerebro de los vivos».
En esta genealogía de la ruptura se inserta la figura de
Antonio Guiteras Holmes. Nacido en 1906 en Bala
Cynwyd, Estados Unidos, de padre cubano y madre
estadounidense, Guiteras eligió arraigarse plenamente
en la lucha por la emancipación de Cuba,
convirtiéndose en el puente necesario entre la herencia
mambisa de Maceo y el antimperialismo moderno. Su
vida, quebrada a solo 29 años en 1935, no fue una
trayectoria lineal, sino un salto dialéctico.
Comprendió antes que otros que la soberanía nacional
era una quimera, que el enemigo de Maceo había
cambiado de piel: no era solo el ejército de la
metrópoli, sino el capital extranjero el que dictaba las
leyes de la isla. Su praxis sigue siendo el monito de

quien, conociendo las contradicciones del
imperialismo desde adentro, decide combatirlo como
sistema, clase contra clase.
La Joven Cuba de Guiteras no fue solo una
organización clandestina, fue un laboratorio político
que sentó las bases para esa visión global que el Che
habría luego radicalizado. Para Guiteras, la ruptura
con el pasado no era solo una cuestión de soberanía
formal. Supo traducir el antimperialismo no como un
conflicto abstracto entre pueblos, sino como el terreno
en el que la lucha de clases se manifestaba con mayor
nitidez, sin las mediaciones hipócritas de la burguesía
nacional.
Esta intuición, que la tradición revolucionaria le ha
reconocido justamente, es el hilo conductor que une
su praxis a la del Che —nacido también un 14 de
junio, pero de 1928—, el revolucionario que supo
practicar la resistencia como ciencia de la liberación.
Como escribió en su Mensaje a la Tricontinental
invitando a «crear dos, tres, muchos Vietnam», para
Guevara la revolución no es un episodio circunscrito a
una sola nación, sino la construcción de un frente
mundial que rompa las cadenas de la acumulación
capitalista.

Una exhortación a la que han respondido, en el siglo
pasado, muchos revolucionarios: desde América
Latina, hasta África y Europa. Y que han pagado con
la vida, como ocurrió con el periodista venezolano
Fabricio Ojeda, de cuyo sacrificio también se recuerda
en este junio. Durante los gobiernos puntofijistas de la
IV República, cuando se creyó posible incendiar los
Andes como la Sierra Maestra, Ojeda escribió su
célebre carta de dimisión del Congreso (1962), en la
que explicaba precisamente que la asamblea se había
convertido en un «obstáculo» para la liberación
nacional y en una forma de «adormecer» al pueblo.
Fabricio Ojeda nos enseñó que la verdad no se cuenta,
se construye con el ejemplo: para él, la pluma del
periodista y el fusil del guerrillero no eran más que las
dos caras de una sola elección, la de no traicionar al
pueblo. Una ética que, en el pos-Novecento, Hugo
Chávez (28 julio 1954- 5 marzo 2013) recogió y
tradujo a una nueva gramática revolucionaria.
También para Chávez, la comunicación no era mera
propaganda, sino praxis: su «fusil» (que empuñó
contra la «democracia camuflada» el 4 de febrero de
1992) se convirtió en la palabra que despertaba las
conciencias: una forma de ejemplo que no se limitaba
a narrar el cambio, sino que lo hacía tangible a través

del contacto directo con las masas, transformando el
liderazgo en una batalla cotidiana de verdad.
Cuando dimitió del Parlamento, Fabricio Ojeda no
estaba abandonando la política, sino que la estaba
llevando a su grado de máxima coherencia. El 21 de
junio de 1966, no fue «víctima» de un suicidio como
escribieron los informes oficiales, fue asesinado por el
Estado venezolano en los sótanos del SIFA porque
había comprendido, antes que muchos, que la
democracia burguesa es una trampa de terciopelo.
La misma suerte correrá, diez años después, otro
revolucionario, Jorge Rodríguez, padre de la actual
presidenta encargada de Venezuela y del hermano, que
preside el parlamento. Jorge Rodríguez padre fue el
fundador y el máximo dirigente de la Liga Socialista.
Nacida oficialmente en 1973, la Liga representaba
precisamente aquel intento de superar las tácticas de la
guerrilla de los años ’60, desplazando el foco hacia un
trabajo de masas, organizativo y político, pero
manteniendo una posición de ruptura radical con el
sistema bipartidista de la IV República. Arrestado por
la policía política venezolana de la época (la Disip),
murió bajo tortura el 25 de julio de 1976.
La historia de la revolución bolivariana está
profundamente marcada por el sacrificio de quienes,

como Ojeda o Jorge Rodríguez, pagaron con su vida
el paso de la pluma al fusil. En este junio de una
resistencia complicada, a 5 meses del secuestro del
presidente Maduro y de la primera combatiente, su
esposa Cilia Flores, se recuerda sin embargo también
la dedicación de quienes transformaron la militancia
en un ejercicio cotidiano de resistencia. Es el caso de
Darío Vivas, incansable dirigente del PSUV, nacido el
12 de junio de 1950 y fallecido por el covid en 2020.
Su figura no pertenece a la memoria de los caídos en
combate, sino a la de quien hizo de la movilización
popular su único campo de batalla, permaneciendo
hasta el final al lado del pueblo, en esa trinchera no
armada pero igualmente decisiva que es el trabajo de
base: fundamental para preparar una nueva oleada de
revolución, a cien años del nacimiento de Fidel.

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